La guardabosques vio una figura imposible desde su torre; dos noches después, algo subió las escaleras usando la voz de su supervisor y ella comprendió que llevaba días observándola
La guardabosques vio una figura imposible desde su torre; dos noches después, algo subió las escaleras usando la voz de su supervisor y ella comprendió que llevaba días observándola
Parte 1 — La torre donde el silencio siempre había sido mi refugio
Subrayé la fecha en mi libreta de fauna: 6 de junio, segundo verano, primera aparición de la zorra del encino, tres días más tarde que el año anterior. La pequeña estaba entre los matorrales debajo de la torre, con el hocico levantado y una oreja doblada por una vieja cicatriz, mirándome con esa expresión indiferente que siempre me hacía sentir como si yo fuera la intrusa.
La había bautizado Mota durante mi primera temporada en la Torre del Mirador del Venado, una construcción metálica levantada sobre una cumbre de la ficticia Sierra de los Tejocotes, en el centro-norte de México. Desde allí podía ver kilómetros de pinos, encinos, barrancas, laderas de roca rojiza y antiguos terrenos quemados que durante la primavera se llenaban nuevamente de pasto.
—Llegaste tarde —le dije, levantando mi taza de café.
Mota siguió observándome.
Después desapareció entre los arbustos.
Mi nombre es Daniela Quiroga, tenía treinta y siete años entonces y llevaba once años trabajando como paramédica antes de aceptar aquel empleo temporal como vigilante de incendios forestales. La gente pensaba que había elegido la torre porque era aventurera, pero la verdad era más sencilla: después de una década atendiendo choques, accidentes domésticos y emergencias que nunca salían completamente de mi cabeza, necesitaba un lugar donde nadie gritara mi nombre.
La torre me dio exactamente eso.
Durante cuatro meses al año, mi trabajo consistía en observar.
Registrar temperatura.
Medir humedad.
Buscar columnas de humo.
Avisar por radio.
Revisar el tanque de agua.
Mantener limpio el pequeño generador.
Y vivir sola.
La estación forestal más cercana estaba a casi treinta kilómetros por caminos difíciles.
El supervisor de mi sector se llamaba Rubén Castañeda, un hombre de cincuenta y cuatro años con barba entrecana, voz rasposa y una costumbre irritante de golpear dos veces la carátula de su reloj cuando alguien llegaba tarde.
Aquella mañana escuché su voz por radio.
—Mirador del Venado, aquí Base Tepozán. Reporte matutino.
Tomé el transmisor.
—Base Tepozán, Mirador del Venado. Cielo despejado, diecisiete grados, viento ligero del poniente, sin humo visible.
—Recibido.
La estática crepitó.
—El jueves subimos provisiones. ¿Necesitas algo especial?
—Nada. Con la carga normal estoy bien.
—Entonces procura aburrirte mucho.
Sonreí.
—Haré mi mejor esfuerzo.
Durante junio, aburrirse era perfectamente posible.
Las tormentas eléctricas fuertes todavía no llegaban y el monte conservaba humedad suficiente para que cualquier fuego pequeño muriera rápido. Mi libreta personal, en cambio, siempre estaba llena: gavilanes, venados, mapaches, coyotes, una osa con dos crías que había cruzado el año anterior y, por supuesto, Mota.
Dormía en una cama estrecha junto a la ventana norte.
Cocinaba con una pequeña estufa de gas.
Leía muchísimo.
Por las noches salía al pasillo exterior y escuchaba el monte.
Era la primera vez en años que el silencio no me asustaba.
Durante un tiempo pensé que había encontrado el lugar perfecto.
Entonces llegó julio.
El calor aumentó durante nueve días seguidos.
Las ventanas permanecían abiertas prácticamente todo el día.
Por la tarde, el interior de la cabina parecía una caja de vidrio atrapando el sol.
El 19 de julio se anunció una tormenta fuerte proveniente del noroeste.
Yo llevaba una camiseta sin mangas, pantalones cortos de trabajo y un pañuelo húmedo alrededor del cuello mientras hacía mi barrido con binoculares.
Fue entonces cuando vi movimiento en la línea del bosque oriental.
—Venado —dije en voz alta.
Anoté la posición.
Continué observando el resto de la sierra.
Dos minutos después regresé al mismo punto.
La figura se había acercado.
Dejé los binoculares.
Volví a levantarlos.
No era un venado.
Tampoco un oso.
Era algo erguido.
Muy alto.
Demasiado delgado.
Estaba de pie junto a unos pinos jóvenes cuya altura conocía bien porque había marcado aquel sector en mis mapas.
Calculé más de dos metros.
Tal vez mucho más.
Los brazos parecían demasiado largos para su torso.
Las piernas también.
El cuerpo completo tenía proporciones que mi cerebro rechazaba incluso mientras intentaba racionalizarlas.
—Debe ser una persona —murmuré.
No había rutas autorizadas por allí.
Tomé la radio.
—Base Tepozán, aquí Mirador del Venado. Posible persona no autorizada en la sección este. ¿Hay personal trabajando en esa zona?
Solo respondió estática.
Lo intenté otra vez.
Nada.
Una tormenta grande podía interferir con el repetidor.
Eso había ocurrido antes.
Regresé a los binoculares.
La figura seguía allí.
No caminaba.
No cambiaba de postura.
No se agachaba.
No miraba alrededor.
Simplemente permanecía parada frente a la torre.
Mirándome.
Durante casi dos horas continuó exactamente en el mismo sitio.
Cada pocos minutos yo fingía hacer mis labores.
Después regresaba a observar.
Nada cambiaba.
Escribí:
“19 de julio, 13:18. Figura no identificada al este. Posible excursionista. Apariencia extremadamente alta y delgada. Distancia aproximada: 1.4 km. Inmóvil durante más de una hora. Visibilidad parcialmente distorsionada por calor.”
Obligarme a escribir me ayudaba.
Mientras existieran palabras, medidas y horarios, podía tratar aquello como un problema normal.
Después de dos horas y siete minutos, la figura finalmente se movió.
Pero no giró como una persona.
El cuerpo completo pareció rotar al mismo tiempo.
Después dio tres pasos hacia atrás.
Los árboles la ocultaron.
No volvió a salir.
Aquella tarde el cielo comenzó a oscurecerse.
Las nubes cubrieron las montañas.
La luz del poniente se volvió de un rojo extraño que tiñó los troncos y las rocas.
Intenté comunicarme nuevamente con Base Tepozán.
La radio respondió con ruido.
Entre la estática escuché algo parecido a una voz.
No distinguí palabras.
Solo una cadencia.
Como alguien intentando hablar sin conocer el idioma.
Apagué el aparato.
Esa noche revisé las ventanas dos veces.
Cerré la puerta.
Puse el seguro metálico.
Me acosté.
Y por primera vez desde que había llegado a aquella torre, deseé que hubiera otra persona conmigo.
Parte 2 — Algo rodeó la torre durante cinco horas sin intentar ocultarse
La tormenta llegó después de medianoche.
La lluvia golpeaba los cristales.
El viento hacía vibrar la estructura metálica.
Yo me dormí vestida, con las botas al lado de la cama y una linterna colgada del respaldo.
Desperté a las 2:23.
No sabía por qué.
Me quedé inmóvil.
Escuché.
Rasguños.
Provenían de la ventana este.
Muy suaves.
Como si algo estuviera pasando una punta dura sobre el marco.
Después aparecieron en la ventana norte.
Luego en la oeste.
Me senté.
No había ramas cerca de la torre.
La plataforma estaba suficientemente elevada y despejada.
Aquello no podía ser vegetación movida por el viento.
Entonces escuché pasos abajo.
Tres.
Pausa.
Tres.
Pausa.
Pesados.
Regulares.
Daban vueltas alrededor de la base.
Sentí frío.
No miedo metafórico.
Frío real.
Mi respiración comenzó a verse como vapor.
Miré el termómetro interior.
Había descendido de manera absurda.
Afuera era julio.
El aire dentro de la cabina parecía de invierno.
Los pasos cambiaron de dirección.
Llegaron a las escaleras.
Primera sección.
Tres pasos.
Pausa.
Siguiente sección.
Tres pasos.
Pausa.
Me levanté.
En un rincón había una escopeta vieja destinada únicamente a emergencias con animales.
La tomé.
Nunca había disparado dentro de la torre.
Nunca había pensado que tendría que hacerlo.
Los pasos llegaron al último descanso.
Silencio.
Después el picaporte giró.
Muy despacio.
Llegó hasta el límite del seguro.
Regresó.
Algo empujó la puerta.
Primero suavemente.
Luego con más fuerza.
La madera crujió.
—¿Quién está ahí? —grité.
Nadie contestó.
La presión aumentó.
La puerta se arqueó ligeramente.
Yo retrocedí.
Entonces comenzaron los rasguños.
Desde la parte alta hasta abajo.
Cuatro líneas lentas.
Otra vez.
Otra vez.
El primer golpe hizo temblar toda la cabina.
Después llegó otro.
Y otro.
La cosa se movió hacia una ventana.
Golpeó.
Caminó.
Golpeó otra.
Durante horas repitió aquel patrón.
Nunca parecía desesperada.
Parecía estar estudiando.
Probando.
Aprendiendo.
Yo permanecí en medio de la habitación con el arma apuntando a diferentes paredes mientras el sonido cambiaba de lugar.
En un relámpago vi algo pasar frente a la ventana norte.
Una silueta vertical.
Más alta que el marco.
Demasiado alta para cualquier persona.
A las 4:57 todo se detuvo.
Esperé.
Cinco minutos.
Quince.
Cuarenta.
Solo quedó la lluvia.
No abrí hasta que amaneció por completo.
Salí al pasillo exterior.
Nada.
Bajé.
Encontré huellas alrededor de la torre.
Eran largas.
Angostas.
Con una especie de cinco dedos en la parte delantera.
No tenían forma de bota.
Tampoco de oso.
Medí una.
Cuarenta y cuatro centímetros.
La tierra del mirador era tan dura que alguna vez había doblado una estaca intentando clavarla.
Aquellas huellas estaban hundidas varios centímetros.
Subí nuevamente.
En los marcos de madera encontré cuatro surcos paralelos.
Profundos.
También había marcas debajo de la cabina.
Fotografié todo.
Después llamé a Base Tepozán.
Esta vez Rubén respondió.
—Daniela, tu señal está horrible.
—Rubén, algo estuvo aquí anoche.
—¿Un animal?
—No sé.
Le expliqué los pasos.
Las huellas.
Los marcos.
La puerta.
Él guardó silencio.
Después suspiró.
—Hemos tenido reportes de osos moviéndose después de la tormenta.
—Esto no era un oso.
—La lluvia deforma huellas.
—Rubén, no estoy confundiendo un oso con algo que subió escaleras y giró un picaporte.
Su tono cambió.
Más paciente.
Demasiado paciente.
—Has estado sola varias semanas.
—No hagas eso.
—Solo digo que la falta de sueño—
—Tengo fotografías.
Otra pausa.
—El jueves subimos.
—Hoy es martes.
—Tenemos tres incendios provocados por rayos y todo el personal está ocupado.
Me quedé mirando las huellas desde la ventana.
—No quiero esperar hasta el jueves.
—Daniela.
Su voz se suavizó.
—Mantén el arma cerca. Refuerza la puerta. Si fue fauna, probablemente no regresará.
Si fue fauna.
Eso fue lo único que dijo que me hizo sentir mejor.
Pasé el día reforzando la torre.
Atornillé ventanas.
Coloqué una tabla entre la puerta y la pared opuesta.
Moví una mesa contra la entrada.
Llené todos los recipientes de agua.
Conté municiones.
Veintisiete cartuchos.
Aquella cifra me habría parecido ridículamente alta una semana antes.
Ahora no sabía qué significaba.
A las 19:00 hice mi reporte habitual.
La rutina me ayudaba.
Después cayó la noche.
A las 23:51 los insectos dejaron de sonar.
El viento también.
Todo el bosque se volvió completamente silencioso.
A las 00:12 llegó el primer golpe.
Esta vez fue más fuerte.
El segundo golpeó otra pared.
Luego otra.
La cosa rodeaba la torre.
Probaba cada lado.
El frío volvió.
Apareció escarcha en el borde interior de una ventana.
Entonces escuché una voz desde el bosque.
—¡Ayuda!
Era masculina.
Lejana.
—¡Por favor! ¡Hay alguien allá arriba!
Me levanté automáticamente.
Once años de paramédica me habían entrenado para correr hacia esa voz.
Puse una mano sobre la tabla de la puerta.
Me detuve.
Había algo incorrecto.
La emoción parecía imitada.
Las palabras eran apropiadas.
Pero la respiración estaba en lugares equivocados.
Las pausas también.
La voz volvió a llamar.
Ahora desde el lado oeste.
Era imposible que una persona hubiera cruzado esa distancia tan rápido.
—Estoy herido.
Después desde el norte.
—¿Alguien me escucha?
Y finalmente desde debajo de la torre.
—Dani.
Mi sangre se heló.
—Daniela, abre.
Rubén era casi la única persona que me llamaba Dani por radio.
Aquello lo había escuchado.
Aprendido.
Y ahora practicaba conmigo.
Parte 3 — A la mañana siguiente, mi supervisor llegó usando detalles que nunca le había contado
La cosa siguió golpeando la torre hasta casi las cuatro.
Después comenzó a trabajar únicamente en la ventana oeste.
Era la más vieja.
Yo sabía que cerraba peor.
Al parecer, aquello también.
Escuché cómo retiraba lentamente el sello del marco.
Centímetro a centímetro.
No golpeaba como un animal.
Manipulaba.
Probaba.
El cristal comenzó a arquearse.
Apareció una grieta.
Disparé.
El estruendo dentro de la cabina me dejó zumbando los oídos.
La ventana estalló.
Desde afuera surgió un sonido que todavía no puedo describir correctamente.
Empezó como un chillido.
Después se convirtió en dos tonos.
Luego tres.
Parecía varias voces superpuestas saliendo de un mismo lugar.
Duró pocos segundos.
Se detuvo.
No volví a escuchar nada.
Permanecí despierta hasta el amanecer.
Terminé dormida sentada contra una pared con el arma entre los brazos.
Un golpe en la puerta me despertó.
—¡Dani!
Abrí los ojos.
Era de día.
—¡Daniela, soy Rubén!
Sentí un alivio tan fuerte que casi lloré.
Quité la tabla.
Moví la mesa.
Abrí.
Rubén estaba en el pasillo con su uniforme verde olivo, sombrero en la mano y aquella barba entrecana que conocía perfectamente.
—Dios mío —dijo—. Tienes una cara terrible.
—Volvió.
Miró la ventana rota.
—¿Disparaste?
—Estaba entrando.
Rubén recorrió la cabina con los ojos.
—Necesitas dormir.
—Primero mira las marcas.
Bajó.
Yo lo observé desde arriba.
Caminó alrededor de la torre.
Regresó cinco minutos después.
—Ya sé qué fue.
—¿Qué?
—Un venado grande.
Me quedé mirándolo.
—Eso no tiene sentido.
—Hay sangre debajo de la ventana. Seguramente se acercó, se asustó y tú disparaste.
—Un venado no gira picaportes.
Rubén soltó aire por la nariz.
—Daniela, estás agotada.
—¿Y los rasguños?
—Puede haber varios animales.
—¿Y la voz?
Él respondió demasiado rápido.
—La mente hace cosas raras cuando escucha sonidos en una tormenta.
Sentí algo extraño.
No había mencionado la voz.
No por radio.
La transmisión se había cortado antes de que pudiera explicarle la segunda noche.
Lo miré cuidadosamente.
Su reloj estaba en la muñeca derecha.
Rubén siempre lo usaba en la izquierda.
Un reloj metálico antiguo que había pertenecido a su padre.
No solo eso.
Rubén tenía una vieja lesión en la rodilla derecha y siempre cargaba el peso hacia la pierna izquierda.
El hombre frente a mí estaba apoyado cómodamente sobre la derecha.
Su parche con el apellido estaba ligeramente demasiado alto.
Su sombrero parecía nuevo.
Y no había hablado ni una sola vez de los tres incendios que el día anterior supuestamente tenían ocupados a todos.
—¿Cómo están los incendios de Arroyo Seco? —pregunté.
—Controlados.
Nada más.
Rubén verdadero habría dado porcentajes.
Nombres.
Problemas.
Quejas.
Ese hombre respondió como alguien que conocía el dato general pero no los detalles.
—Déjame ayudarte a limpiar —dijo.
—No.
Su cabeza se inclinó.
Demasiado.
Por un instante pareció llegar a un ángulo que un cuello humano no debería mantener.
Después regresó.
—Estás confundida.
Levanté ligeramente la escopeta.
—¿Qué está pasando?
Retrocedió.
Su paso cubrió demasiada distancia.
El torso apenas se movió.
—Baja eso.
—¿Dónde está Rubén?
Su rostro cambió.
No con una emoción.
Con algo parecido a una reconstrucción de emoción.
—Volveré cuando estés más tranquila.
Retrocedió hasta la puerta sin mirar.
Encontró el picaporte detrás de sí directamente.
—Voy a revisar el generador.
Salió.
Lo vi bajar.
Entonces miré sus botas.
Había manchas oscuras en los talones.
No parecían barro.
Tomé el arma.
Municiones.
Una linterna.
Salí por la escalera opuesta antes de que regresara.
No fui hacia el generador.
Entré al bosque oriental.
Seguí señales de vegetación rota.
Encontré una zona removida bajo los pinos.
Había tela de uniforme.
Más adelante, un cinturón.
Después vi un objeto metálico entre helechos.
Era el reloj.
El verdadero.
En la muñeca izquierda.
No necesitaba ver más para entender.
Rubén estaba muerto.
Lo encontré oculto bajo ramas a unos metros de allí.
No voy a describir lo que quedaba.
Solo diré que su uniforme y sus pertenencias confirmaban su identidad, mientras el cuerpo parecía haber sido manipulado de una forma que ningún animal conocido podría explicar de manera sencilla.
Retrocedí.
Vomité.
Después corrí.
Cuando regresé al claro, la puerta de la torre estaba abierta.
El supuesto Rubén había desaparecido.
Subí.
Mi cámara ya no estaba.
Mi libreta tampoco.
La radio estaba encendida al máximo.
Solo emitía estática.
Comprendí algo todavía peor.
Aquella cosa había tomado toda la evidencia.
Y había aprendido mi nombre.
Mi voz.
Mis horarios.
La forma de hablar de Rubén.
Quizá ahora estaba aprendiendo qué camino llevaba hacia la estación.
Parte 4 — Abandoné la torre y descubrí que ya no podía confiar ni en una voz conocida
No podía quedarme.
La torre había dejado de ser refugio.
Era una caja elevada con una sola salida y una ventana rota.
El camino principal hacia Base Tepozán era el más rápido.
También era el más obvio.
Elegí una vieja brecha de mantenimiento abandonada que descendía hacia el Arroyo del Fresno.
Era más larga.
Más difícil.
Pero pensé que aquello quizá no la conocía.
Caminé durante horas.
El bosque permanecía demasiado silencioso.
En varias ocasiones escuché ramas romperse lejos.
Nunca vi nada.
El sol cayó detrás de las montañas.
No utilicé linterna.
Prefería tropezar a convertirme en el único punto de luz del bosque.
Cerca de medianoche escuché pasos adelante.
Me escondí detrás de un tronco caído.
Apareció un haz de luz.
—¡Servicio forestal! —gritó una voz.
La reconocí.
Tomás Varela.
Guardabosques de la zona.
Habíamos trabajado juntos varias veces.
Mi cuerpo quiso salir inmediatamente.
No lo hice.
—¿Quién está ahí? —preguntó.
Esperé.
—Puedo ver tus pisadas.
Respiré.
—Tomás.
La luz giró.
—¿Daniela?
Salí lentamente con el arma apuntando al suelo.
Su cara parecía correcta.
Su forma de caminar también.
—¿Qué haces aquí?
—Rubén está muerto.
Tomás se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Encontré su cuerpo.
—¿Llamaste?
—No tengo comunicación.
Él tomó su radio.
—Voy a reportarlo.
Levantó el transmisor.
Entonces miró detrás de mí.
Su expresión cambió.
No teatralmente.
De verdad.
Reconocí esa cara.
La había visto cientos de veces como paramédica.
Era el rostro de alguien que acababa de entender que estaba en peligro inmediato.
Tomás dejó caer la radio.
Su mano fue al costado.
—Corre.
—¿Qué?
—No mires.
Nunca apartó los ojos de algo detrás de mí.
—Corre, Daniela.
Me di vuelta.
No para mirar.
Para obedecer.
Corrí.
Escuché tres disparos.
Después dos más.
Luego aquel chillido de múltiples tonos.
Mucho más cerca.
No volví.
No sé cuánto corrí.
Caí varias veces.
Me torcí el tobillo.
Llegué finalmente a una carretera rural cerca del amanecer.
Caminé usando el arma como bastón.
Unos faros aparecieron detrás.
Levanté un brazo.
Caí de rodillas.
Una mujer mayor detuvo una camioneta.
Se llamaba Ofelia Montalvo.
Había sido enfermera.
Me revisó rápidamente.
Me subió al vehículo.
—Necesito ir a Base Tepozán —dije.
—Te llevo.
En el camino me hizo preguntas sencillas para mantenerme despierta.
Mi nombre.
Edad.
Dónde trabajaba.
Cuánto había caminado.
No intenté contarle lo demás.
No habría sabido cómo.
Cuando llegamos a la estación, dos guardabosques salieron corriendo.
—¡Es Daniela del Mirador!
Me llevaron a una habitación de primeros auxilios.
Todos preguntaban.
—¿Dónde está Rubén?
—¿Dónde viste a Tomás?
—¿Qué ocurrió en la torre?
Las voces se volvieron lejanas.
Desperté en un hospital.
Había pasado casi un día.
Tenía deshidratación, agotamiento y un ligamento del tobillo lesionado.
También docenas de cortes pequeños.
Nada grave.
Lo difícil comenzó cuando tuve que contar la historia.
Parte 5 — Dos años después, todavía escucho rasguños cuando llegan las tormentas
Las primeras personas que escucharon mi declaración fueron amables.
Demasiado amables.
Anotaron todo.
No discutieron.
No se burlaron.
Pero podía ver en sus caras lo que pensaban.
Una mujer sola durante semanas.
Antecedentes de estrés por trabajo de emergencia.
Falta de sueño.
Tormentas.
Aislamiento.
Un disparo dentro de la torre.
La explicación parecía sencilla.
Hasta que revisaron los registros.
Rubén Castañeda había dejado Base Tepozán para una inspección el 19 de julio.
Nunca regresó.
Nadie se dio cuenta inmediatamente porque aquella misma tarde comenzaron varios incendios por rayos y el personal estaba saturado.
El 19 de julio.
El mismo día que vi por primera vez la figura en la línea oriental del bosque.
Después de eso, las búsquedas cambiaron de tono.
Equipos subieron al Mirador del Venado.
Encontraron la ventana destruida.
Las marcas profundas.
Las huellas parcialmente borradas por lluvia.
Sangre en las escaleras.
Tejido humano en una zona del bosque donde yo había dicho que encontré a Rubén.
Mi cámara nunca apareció.
La libreta tampoco.
De Tomás Varela encontraron su camioneta cerca de un sendero.
Dentro estaban su mochila, comida y equipo.
No encontraron su cuerpo.
No encontraron su arma.
No encontraron casquillos.
La investigación se volvió más discreta.
Mucho más.
Al cabo de varias semanas dejaron de contarme detalles.
Me ofrecieron regresar en la siguiente temporada.
Me negué.
Renuncié.
Me mudé a la ciudad ficticia de Puerto Encino, donde conseguí empleo como operadora nocturna de transporte médico.
Trabajo en una sala iluminada con otras tres personas.
Hay teléfonos.
Café.
Computadoras.
Ventanas que dan hacia edificios.
Nunca estoy sola.
Durante meses no pude dormir bien.
La terapia ayudó.
Aprendí a explicar que había vivido “un incidente traumático durante una temporada de vigilancia forestal” sin tener que contar lo demás.
Era más fácil.
La gente acepta palabras conocidas.
No sabe qué hacer con una criatura que escucha conversaciones por radio.
Dos años después había reconstruido una vida bastante normal.
Un departamento.
Trabajo.
Plantas en el balcón.
Una gata gris que duerme sobre mi ropa limpia.
Casi nunca pienso conscientemente en la torre.
Pero mi cuerpo sí.
Cuando se acerca una tormenta fuerte, despierto alrededor de las dos o tres de la madrugada.
Escucho.
Siempre escucho.
Un golpe en las tuberías.
Una rama.
Un automóvil.
El viento.
Me digo qué es cada cosa.
El edificio tiene seis pisos.
Mi departamento está en el último.
La semana pasada hubo una tormenta terrible.
El viento golpeó ventanas durante horas.
Me desperté a las 2:17.
Escuché un rasguño.
Me quedé inmóvil.
Después otro.
Muy lento.
Desde la ventana de la cocina.
Esperé hasta el amanecer.
Me reí de mí misma.
Preparé café.
Abrí la puerta que daba al pequeño balcón de servicio.
Y encontré cuatro líneas largas marcadas en la pintura exterior del marco.
Paralelas.
Muy separadas.
La capa de metal debajo todavía brillaba.
No llamé a nadie.
No tomé fotografías.
Me quedé allí sosteniendo la taza, mirando aquellas marcas mientras el tráfico comenzaba a sonar seis pisos abajo.
Después cerré la ventana.
Puse el seguro.
Y por primera vez en dos años volví a pensar en algo que había intentado olvidar.
La criatura nunca necesitó encontrar mi nueva dirección.
Había tomado mi libreta.
Mis fotografías.
Había escuchado mis llamadas.
Quizá había aprendido mucho más de mí de lo que imaginaba.
Esa noche cambié de departamento.
No porque pueda demostrar lo que encontré.
No porque espere que alguien me crea.
Sino porque aprendí algo durante aquellas noches en la Sierra de los Tejocotes.
Hay peligros que atacan.
Otros cazan.
Y algunos simplemente observan durante suficiente tiempo hasta descubrir exactamente cómo hacerse pasar por aquello en lo que confías.
Desde entonces, cuando alguien toca mi puerta inesperadamente, nunca pregunto primero:
“¿Quién eres?”
Hago otra cosa.
Le pregunto algo que únicamente la persona verdadera debería saber.
Porque una voz puede copiarse.
Una cara puede engañar.
Una manera de hablar puede aprenderse.
Y la última vez que confié únicamente en reconocer a alguien, estuve durante quince minutos encerrada en una torre con algo que había llegado usando el rostro de un hombre muerto.
Todavía sueño con aquella mañana.
Rubén está parado frente a mí.
Su reloj sigue en la muñeca equivocada.
Me sonríe.
Me dice que todo tiene una explicación sencilla.
Y detrás de sus ojos no hay nada.
Entonces despierto.
Escucho la ciudad.
Miro las ventanas.
Y agradezco cada ruido ordinario.
Los cláxones.
Los vecinos.
Las tuberías.
Los perros.
Porque después de vivir tanto tiempo deseando silencio, finalmente entendí que el silencio absoluto puede ser la cosa más aterradora del mundo cuando sabes que algo está dentro de él, escuchándote también.
Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.