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Acepté el turno nocturno en una gasolinera junto a la sierra y el viejo dueño me dejó un cuaderno con reglas absurdas, hasta que una noche el cielo se volvió morado

Acepté el turno nocturno en una gasolinera junto a la sierra y el viejo dueño me dejó un cuaderno con reglas absurdas, hasta que una noche el cielo se volvió morado

Parte 1: El cuaderno rojo que nadie debía ignorar después del anochecer

Trabajar doce horas de noche en una gasolinera perdida junto a la sierra no estaba dentro de mis planes cuando me mudé a San Bartolo del Encino, pero necesitaba dinero con desesperación porque acababa de inscribirme en un programa técnico de asistencia veterinaria y no quería pedirle otro préstamo a mi madre. Llevaba apenas dos semanas en aquel pueblo ficticio del centro de México cuando vi un letrero de SE SOLICITA PERSONAL pegado en la ventana polvorienta de una estación de servicio que parecía haberse quedado atrapada veinte años atrás.

El lugar se llamaba Parador El Mezquite y estaba a varios kilómetros de las últimas casas, justo donde la carretera comenzaba a subir hacia la Sierra del Venado Negro, una reserva boscosa llena de barrancas, pinos, encinos y antiguos caminos de terracería. Al entrar encontré detrás del mostrador a un hombre de unos sesenta y cinco años llamado Don Ramiro Salcedo, con bigote gris, camisa de cuadros y una taza de café que parecía haber sido rellenada demasiadas veces.

—¿Vienes por el trabajo? —preguntó antes de que yo dijera nada.

—Sí, pero… ¿cómo sabe?

Don Ramiro señaló con la barbilla hacia la entrada.

Sobre el anuncio metálico del techo estaba posada una enorme urraca de plumaje blanco y negro.

—La Chispa me avisó.

Miré al ave.

—¿La Chispa?

—Le gustan los dulces de menta y las palomitas —dijo como si aquello explicara todo—. Tiene carácter, así que no le des cualquier cosa.

A esas alturas pensé que el hombre era excéntrico, pero el sueldo hizo desaparecer mis dudas.

Me ofreció un turno de seis de la tarde a seis de la mañana, seis noches por semana, con suficiente tiempo muerto para estudiar cuando no hubiera clientes. La gasolinera tenía una pequeña tienda con café, refrescos, botanas, latas de comida, equipo básico de campamento y un taller trasero con una vieja camioneta de auxilio.

Acepté en ese mismo momento.

La noche siguiente llegué quince minutos antes.

Don Ramiro me mostró la caja, el almacén, el baño, el tablero eléctrico y una pequeña oficina con parrilla para calentar comida.

Después abrió un cajón debajo del mostrador.

Sacó un cuaderno rojo.

En la portada había tres palabras escritas con marcador negro:

NO DEJES DE VIGILAR.

—Esto es lo importante —dijo.

Sonreí.

—¿Más importante que cobrar la gasolina?

Don Ramiro no sonrió.

—Mucho más.

Colocó el cuaderno frente a mí.

—Léelo cuando me vaya. Al principio vas a pensar que estoy viejo o loco, pero sigue las reglas de todas maneras.

—¿Qué reglas?

—Las que nos mantienen vivos.

Esperé a que se riera.

No lo hizo.

Cinco minutos después subió a su camioneta y desapareció carretera abajo.

Yo me quedé solo.

Bueno, casi solo.

La Chispa seguía observándome desde arriba.

—No me metas en problemas —le dije.

El ave ladeó la cabeza.

Entré, me serví un refresco y abrí el cuaderno.

La primera regla decía:

No borrar, arrancar ni corregir ninguna página. Toda información nueva debe añadirse al final.

La segunda era más extraña.

Si algún viajero pregunta por campamentos, recomiéndale la Reserva del Río Claro, dos horas al norte. Si insiste en entrar a la Sierra del Venado Negro, revisa que no lleve prendas, mochilas, tiendas o equipo de color rojo.

Debajo había una línea subrayada.

EL ROJO LLAMA AL OBSERVADOR.

Seguí leyendo.

Nunca uses rojo dentro de la sierra.

No estaciones un vehículo rojo frente al parador durante la noche.

Si un visitante lleva algo rojo y piensa acampar, convéncelo de dejarlo.

Págale.

Cámbialo.

Regálale algo.

Haz lo necesario.

Me reí solo.

—Claro, Ramiro.

La siguiente regla hablaba de la urraca.

La Chispa avisa cuando alguien o algo se aproxima. Si grita tres veces y vuela hacia la oscuridad, prepárate.

Cada amanecer debía subir con una escalera y llenar un pequeño recipiente metálico sobre su perchero con palomitas frescas y dulces verdes de menta.

Luego apareció otro nombre.

EL SARGENTO.

Si aparece un perro grande gris y negro en medio del camino, síguelo.

No preguntes de dónde vino.

Él sabe dónde necesitas estar.

La sexta regla hablaba simplemente de mantener caliente la salsa de queso.

Aquello me hizo reír de nuevo.

La séptima dejó de parecer graciosa.

Si ves relámpagos verdes sobre la montaña, cierra el camino.

La octava era peor.

Si el cielo sobre la sierra se vuelve morado oscuro y comienza a girar, se declara ALERTA VIOLETA.

Carga agua, lámparas, botiquín, mantas, combustible y señales en la camioneta de auxilio.

Cierra el acceso.

Evacúa los siete campamentos.

No dejes a nadie dentro del parque.

En letras más pequeñas aparecía una nota.

Durante una Alerta Violeta pueden aparecer cosas que no pertenecen a este lado de la sierra. La luz intensa parece alejarlas.

Cerré el cuaderno.

Miré por las ventanas.

El sol acababa de ponerse.

Más allá de las luces del estacionamiento, el bosque parecía una pared negra.

Entonces escuché:

¡CAW! ¡CAW! ¡CAW!

La Chispa saltó dos veces sobre su perchero.

Me miró.

Después voló hacia la sierra.

Sentí que se me secaba la boca.

Quince minutos después llegó un automóvil cargado de equipo de campamento.

Una mujer de unos treinta años bajó para cargar gasolina.

Era mexicana, de piel morena clara, cabello largo recogido en una cola y botas de montaña.

Entró a comprar comida.

Cuando la vi cruzar la puerta, sentí un escalofrío.

Su chamarra era roja.

Me preguntó por el acceso al Cañón de las Piedras Rojas, uno de los campamentos dentro de la reserva.

Intenté mandarla al Río Claro.

No quiso.

Le dije que el clima podía cambiar.

Se encogió de hombros.

Finalmente hice lo más torpe que podía hacer.

—No debería usar rojo en esas montañas.

Ella me miró.

—¿Por qué?

Mi mente quedó vacía.

—Porque… atrae insectos.

Me observó durante dos segundos.

—Claro.

Pagó y se marchó.

Pensé que aquella sería simplemente una anécdota absurda de mi primer turno.

Tres noches después, poco antes del amanecer, un vehículo de seguridad local entró al estacionamiento.

Un agente me mostró una fotografía.

Reconocí inmediatamente a la mujer.

Estaba desaparecida.

Le conté cuándo había estado allí, qué había comprado y hacia dónde se dirigía.

Antes de irse me pidió colocar su fotografía en el tablero exterior junto a otras personas desaparecidas.

Hasta entonces nunca había mirado ese tablero con atención.

Había avisos de perros perdidos, vehículos usados y trabajos temporales.

Pero también había demasiadas fotografías de personas desaparecidas.

Me acerqué.

Hombres.

Mujeres.

Jóvenes.

Mayores.

No compartían edad.

Ni apariencia.

Ni profesión.

Pero casi todas las fotografías tenían algo en común.

Una chamarra roja.

Una gorra roja.

Una mochila roja.

Un pañuelo rojo.

Un suéter rojo.

Esa mañana, por primera vez, dejé de pensar que Don Ramiro estaba loco.

Parte 2: Aprendí que las reglas parecían ridículas hasta que salvaban a alguien

Durante las semanas siguientes memoricé el cuaderno.

También estudié los mapas de la sierra.

Aprendí dónde estaban los siete campamentos oficiales, qué caminos llevaban al río, dónde terminaban las rutas para camionetas y cuáles senderos se internaban demasiado en el bosque.

Don Ramiro nunca quiso explicarme qué era exactamente El Observador.

—Si algún día lo ves, ya no necesitarás explicación —decía.

Eso no ayudaba.

También empecé a registrar a los viajeros.

Nombre.

Vehículo.

Destino.

Número de personas.

Fecha esperada de regreso.

Don Ramiro aceptó hacerlo durante el día, aunque se burlaba de mi letra pequeña.

La cuestión del rojo se convirtió casi en una obsesión.

Una pareja llegó una tarde en una camioneta vieja con una tienda de campaña roja amarrada al techo.

Les dije que teníamos una promoción.

Podían cambiar cualquier tienda usada por una nueva.

No me creyeron hasta que añadí una estufa portátil.

Aceptaron encantados.

Otro hombre dejó su mochila roja en la caja mientras iba al baño.

Yo le cambié la funda por una verde sin explicarle nada.

Ni siquiera lo notó.

Entonces ocurrió algo que terminó de convencerme.

Una madre llegó con su hija de seis años.

La niña estaba perfectamente segura y llevaba pantalones de mezclilla, una camiseta morada y unos tenis rojos con agujetas blancas.

Iban precisamente al Cañón de las Piedras Rojas.

Intenté convencer a la madre de acampar en Río Claro.

Le ofrecí descuento en comida.

Le dije que el otro sitio tenía mejores baños.

Hasta inventé una actividad infantil con papalotes.

Nada funcionó.

Cuando se dirigían a la salida, La Chispa bajó desde su perchero.

La niña levantó la cara fascinada.

Y la urraca hizo algo que nunca habría considerado una bendición.

Dejó caer una enorme suciedad exactamente sobre uno de los tenis rojos.

La madre soltó una grosería.

Quitó ambos zapatos a su hija y los guardó dentro de una bolsa en la cajuela.

La niña terminó viajando con unas sandalias azules que llevaba de repuesto.

Esa noche compartí una bolsa de gomitas con La Chispa.

—Te debo una —le dije.

El ave tomó dos y me dio la espalda.

Las semanas pasaron.

Los turnos se volvieron extrañamente tranquilos.

A veces podía estudiar cuatro o cinco horas sin interrupción.

Llegué a pensar que tal vez ya entendía el lugar.

Ese fue mi error.

Todo cambió un martes de octubre.

Llegué a las seis de la tarde y encontré la gasolinera abierta.

La camioneta de Don Ramiro estaba estacionada.

Pero él no estaba.

Revisé el almacén.

El baño.

La oficina.

El taller.

Nada.

Llamé al teléfono de su casa.

Nadie contestó.

Mientras estaba parado detrás del mostrador escuché ladridos.

Salí.

Un enorme perro gris con manchas negras estaba parado en medio de la carretera.

Ladraba directamente hacia mí.

Recordé el cuaderno.

—¿Sargento?

El perro ladró otra vez.

Entonces La Chispa pasó volando por encima de mi cabeza.

Ambos miraban hacia las montañas.

Yo también.

El cielo sobre la Sierra del Venado Negro estaba adquiriendo un tono violeta profundo.

No era una nube normal.

Parecía girar lentamente.

Mi estómago se contrajo.

ALERTA VIOLETA.

Corrí hacia el cuaderno.

Leí la regla aunque ya la conocía.

Cerrar camino.

Cargar camioneta.

Evacuar siete campamentos.

No dejar a nadie.

En menos de cinco minutos llené la vieja camioneta de auxilio con cajas de agua, lámparas, mantas, combustible y un botiquín.

Coloqué conos y una barrera en la entrada principal.

Cuando regresé al volante, El Sargento ya corría hacia la sierra.

Lo seguí.

El perro siempre se mantenía unos treinta metros delante de mí.

En el campamento uno abandonó el camino y desapareció entre los árboles.

Detuve la camioneta.

Corrí detrás.

Lo escuchaba ladrar.

Llegué a un claro.

Una familia estaba sentada alrededor de una fogata.

Un padre.

Su hija adolescente.

Un niño pequeño.

El Sargento ladraba frente a ellos.

Los adultos parecían no verlo.

El niño sí.

Se había escondido detrás de su padre observando al perro.

—¡Tienen que salir! —grité.

El padre me miró confundido.

—¿Qué pasa?

Señalé el cielo.

—Tormenta severa. Evacuación inmediata.

—No recibimos alerta.

—Cambió rápido.

El hombre miró a sus hijos.

Después observó el color del cielo.

Asintió.

—Está bien.

Apagó la fogata y empezó a guardar lo esencial.

El Sargento dejó de ladrar.

Volvió al camino.

Saltamos los campamentos dos, tres y cuatro.

No había vehículos.

En el cinco, el perro corrió hacia el río.

Lo seguí.

Cuando llegué a la cima de una loma vi una tienda grande junto al agua.

Dos adultos estaban sentados en sillas.

Una niña pequeña salió de la tienda sin que ellos la notaran.

Llevaba un suéter rojo.

Frente a ella había una pelota roja.

El viento soplaba hacia el río.

Pero la pelota avanzaba lentamente hacia el bosque.

Contra el viento.

La niña la seguía.

Entonces vi la figura entre los árboles.

Alta.

Demasiado delgada.

Vestida con un abrigo negro largo.

En la cabeza llevaba un sombrero antiguo con una cinta roja.

Una mano huesuda apuntaba hacia la pelota.

No pude respirar.

El Observador.

La niña estaba a pocos metros del bosque.

Yo estaba demasiado lejos.

El Sargento salió disparado.

Se colocó delante de ella.

La niña se detuvo.

Ahora sí podía ver al perro.

Le tendió una mano.

El Sargento lamió sus dedos y comenzó a retroceder.

La niña lo siguió hacia sus padres.

Miré nuevamente hacia los árboles.

El hombre del sombrero había desaparecido.

También la pelota.

No expliqué nada.

Corrí hacia la familia y grité que había una emergencia climática.

Esta vez, el cielo morado hizo la mitad del trabajo.

Salieron en pocos minutos.

Quedaba un solo campamento.

El número siete.

Cañón de las Piedras Rojas.

El mismo lugar donde había desaparecido aquella primera mujer.

Parte 3: En el último campamento vi una cosa que ninguna regla describía por completo

Conocía un camino de mantenimiento que llevaba casi directamente hasta el campamento siete, así que en lugar de seguir a pie al Sargento, giré la camioneta hacia una brecha estrecha.

Las ramas golpeaban los espejos.

Las llantas brincaban entre piedras.

El viento aumentaba.

El cielo había pasado del morado a un tono oscuro casi negro.

Doblé una curva.

Frené de golpe.

Un hombre estaba parado en medio del camino.

Llevaba una mochila enorme.

Parecía de unos treinta y cinco años.

Tenía el rostro blanco de miedo.

No hacía señas.

No corría.

Solo me miraba.

Pensé que estaba herido.

Toqué la manija para bajar.

Entonces vi movimiento detrás de él.

Algo enorme cruzó lentamente entre los árboles.

Al principio pensé que era una sombra.

Luego comprendí que podía ver el bosque a través de aquella cosa.

Era transparente.

Como vidrio húmedo.

Tenía forma vagamente humana, pero medía fácilmente seis metros de altura.

Sus brazos colgaban casi hasta el suelo.

Su cabeza se inclinó.

El excursionista ni siquiera podía voltearse.

La criatura avanzó hasta quedar directamente detrás de él.

Recordé la nota.

La luz intensa puede afectarlos.

Encendí la barra completa de luces de trabajo instalada sobre la camioneta.

La noche se volvió blanca.

La criatura emitió un sonido tan agudo que sentí vibrar los dientes.

Retrocedió.

Entonces El Sargento apareció corriendo entre nosotros.

Ladró.

Gruñó.

La criatura giró hacia él.

El perro se alejó.

La cosa lo siguió entre los árboles.

Desaparecieron.

Abrí la puerta.

—¡Sube!

El excursionista reaccionó finalmente.

Corrió.

Arrojó su mochila en la parte trasera y se metió al asiento del copiloto.

No esperé.

Di vuelta como pude.

Aceleré hacia la carretera.

Durante varios minutos ninguno habló.

Finalmente él soltó una risa nerviosa.

—Creo que esta parada sí iba a ser la última de mi vida.

Se llamaba Tomás Herrera.

Llevaba dos semanas recorriendo senderos y había planeado marcharse a la mañana siguiente.

—¿Qué era eso? —preguntó.

Miré por el espejo.

—No tengo idea.

No quise mentir.

Regresamos al parador poco antes de medianoche.

Tomás llamó a su hermano para que fuera por él.

Mientras esperábamos, le di café, papas fritas y comida.

Seguía temblando.

—¿El perro va a estar bien?

—Eso espero.

Estuve a punto de preguntarle si realmente lo había visto.

Me contuve.

Ya tenía demasiadas preguntas.

Una hora después, mi teléfono sonó.

Era Don Ramiro.

Estaba en un hospital.

Había sufrido un problema cardíaco esa tarde y se había desplomado detrás del mostrador.

Un viajero que llegó a comprar agua lo encontró y pidió ayuda.

El médico le había dicho que estaba estable.

—¿Cómo está la estación? —preguntó.

Miré por la ventana hacia el cielo, que empezaba a perder el color violeta.

—Larga historia.

Hubo silencio.

—¿Alerta?

—Violeta.

Otro silencio.

—¿Sacaste a todos?

—Creo que sí.

—Entonces hiciste tu trabajo.

—Ramiro, vi al Observador.

No respondió inmediatamente.

—¿Y?

—También vi algo enorme y transparente en el campamento siete.

Don Ramiro suspiró.

—Entonces ya sabes por qué pago tanto por el turno de noche.

Me reí sin ganas.

—Usted está loco.

—Puede ser.

—Pero el cuaderno funciona.

—Eso sí.

Colgamos.

Salí al porche.

La Chispa apareció sobre el letrero.

Tenía una pluma torcida.

—¿Dónde está El Sargento? —pregunté.

El ave me miró.

No había perro.

A las cinco y media de la mañana escuché algo detrás del taller.

Corrí.

El Sargento salió de la oscuridad.

Caminaba despacio, cubierto de barro, pero sin heridas visibles.

Se detuvo frente a mí.

—Eres un desgraciado —le dije.

Movió la cola.

Le serví agua en un recipiente.

La Chispa bajó.

Durante unos minutos, un perro, una urraca y yo permanecimos afuera de una gasolinera vacía viendo aparecer la primera luz del amanecer.

Yo había aceptado aquel trabajo para estudiar veterinaria.

Nunca imaginé que mis primeros pacientes improvisados serían criaturas que tal vez ni siquiera pertenecían a nuestro mundo.

Parte 4: Cuando Don Ramiro volvió, me contó por qué existía el parador

Don Ramiro permaneció fuera casi tres semanas.

Mientras se recuperaba, yo cubrí las noches y un primo suyo atendió algunas horas durante el día.

El parador seguía funcionando.

Los viajeros seguían llegando.

Y yo seguía vigilando el color rojo.

La Alerta Violeta no se repitió.

Sin embargo, después de aquella noche, ya no podía mirar el bosque de la misma manera.

A veces veía movimientos demasiado altos entre los árboles.

En otras ocasiones La Chispa gritaba sin que ningún vehículo apareciera.

Una madrugada escuché pasos alrededor de la tienda durante casi una hora.

No salí.

El cuaderno decía algo nuevo en una página del final:

Si escuchas caminar alrededor del edificio después de las tres, no abras hasta que escuches un motor humano.

Yo mismo había añadido otra nota.

Luz intensa funciona contra criatura transparente. Confirmado.

No sabía qué nombre ponerle.

Simplemente escribí:

El Alto.

Cuando Don Ramiro regresó, venía más delgado y apoyándose en un bastón.

Le hice café.

—Necesito respuestas.

—Ya me imaginaba.

Nos sentamos detrás del mostrador.

Por primera vez, habló.

Según él, la gasolinera había sido construida por su padre casi cincuenta años atrás.

En aquellos tiempos, la Sierra del Venado Negro era mucho menos visitada.

Había rancheros, leñadores y algunos cazadores.

Pero desde siempre existían historias.

Personas que desaparecían cerca del Cañón de las Piedras Rojas.

Luces verdes sobre las montañas.

Animales que aparecían donde no debían.

Hombres que caminaban detrás de los viajeros sin dejar huellas.

—Mi padre empezó a notar patrones —dijo Ramiro—. El rojo era uno.

—¿Por qué?

—No sabemos.

—¿Qué es El Observador?

—Tampoco sabemos.

Me frustré.

—Entonces, ¿qué sabe?

—Sé cuándo aparece. Sé qué atrae su atención. Sé que La Chispa avisa antes que nosotros. Sé que El Sargento ayuda cuando la sierra se abre.

—¿Se abre?

Ramiro miró hacia la ventana.

—Así le decía mi padre a las Alertas Violetas.

Explicó que no siempre ocurrían igual.

Algunas duraban minutos.

Otras toda la noche.

Durante esas horas aparecían cosas que normalmente permanecían ocultas.

—¿De dónde vienen?

—No lo sé.

—¿Son fantasmas?

—No.

—¿Animales?

—Algunos quizá.

—¿El hombre del sombrero?

Ramiro negó con la cabeza.

—Ese lleva demasiado tiempo apareciendo para que alguien lo entienda.

—¿Por qué la gasolinera?

Sonrió.

—Porque todos pasan por aquí antes de entrar.

Entonces entendí.

Parador El Mezquite no existía solamente para vender combustible.

Era un filtro.

Un puesto de vigilancia.

Una última oportunidad para advertir a alguien antes de que entrara.

—Entonces usted es como un guardián.

Don Ramiro bebió café.

—No exageres.

—Tiene un cuaderno secreto, una urraca centinela y un perro misterioso.

—Cuando lo dices así, suena bastante ridículo.

Nos reímos.

Después se puso serio.

—No puedo seguir muchos años.

Lo miré.

—¿Qué quiere decir?

—Mi corazón ya avisó.

—Va a mejorar.

—Puede ser. Pero algún día esto tendrá que hacerlo otra persona.

Sentí un incómodo presentimiento.

—No me mire así.

—No te estoy mirando de ninguna forma.

—Sí está.

Don Ramiro sonrió.

—Tú te quedaste.

—Porque necesito pagar mis estudios.

—Claro.

—En serio.

—Por supuesto.

Pero ambos sabíamos que ya no era solamente eso.

Yo había visto lo que podía ocurrir cuando nadie advertía a los viajeros.

Había visto una niña caminando hacia un bosque detrás de una pelota que se movía contra el viento.

Había visto a Tomás paralizado mientras una cosa invisible se inclinaba sobre él.

También había visto a El Sargento arriesgarse para traerlos de vuelta.

Ya no podía fingir que aquello no era asunto mío.

Parte 5: Descubrí que mi empleo extraño era exactamente donde necesitaba estar

Pasó un año.

Después otro.

Terminé mis estudios.

Conseguí una certificación como auxiliar veterinario y durante varios meses trabajé por las mañanas en una clínica pequeña de San Bartolo.

Pude haber dejado la gasolinera.

No lo hice.

Redujimos mis noches, pero seguí cubriendo el turno cuando Don Ramiro no podía.

La Chispa siguió recibiendo palomitas.

El Sargento aparecía cuando quería.

Nunca descubrí dónde vivía.

Una vez intenté seguirlo después del amanecer.

Caminó hasta una curva.

Doblé detrás de él.

Había desaparecido.

Don Ramiro se rió durante diez minutos cuando se lo conté.

El cuaderno rojo se hizo más grueso.

Añadimos reglas.

Si escuchas un silbido desde los árboles después de medianoche, no respondas.

Si un viajero afirma haber recorrido la misma curva tres veces, deja que permanezca dentro hasta el amanecer.

Si una persona llega preguntando por un pueblo llamado San Lorenzo Viejo, no le indiques dirección alguna. Ese pueblo no existe desde hace décadas.

Nunca permitas que alguien quite el recipiente de La Chispa.

Y una regla escrita por mí:

Si aparece El Alto, usar luces de emergencia intensas y mantener distancia.

Tomás volvió un año después.

Llegó de día.

Traía una bolsa de alimento premium para El Sargento.

—No sé si come esto —dijo.

—Yo tampoco sé si técnicamente come.

Nos reímos.

Se quedó tomando café.

Nunca volvió a acampar solo.

La madre de la niña del suéter rojo regresó también.

No recordaba al hombre del bosque.

Solo decía que aquella tormenta había sido extraña.

Su hija, en cambio, dibujó algo mientras tomaba chocolate caliente.

Era un perro gris.

Detrás había una figura negra con sombrero.

No dije nada.

Guardé el dibujo dentro del cuaderno.

Don Ramiro comenzó a trabajar menos.

Yo empecé a hacer más cosas sin que tuviera que pedirlas.

Revisaba el camino.

Registraba campistas.

Reponía suministros.

Mantenía lista la camioneta.

Una madrugada se sentó afuera conmigo mientras La Chispa comía.

—¿Todavía piensas que soy un viejo loco?

—Sí.

Me miró indignado.

—Pero un viejo loco que casi siempre tiene razón.

—Eso está mejor.

Nos quedamos observando las montañas.

El cielo estaba claro.

—¿Sabes algo? —dijo.

—¿Qué?

—Mi padre decía que nadie escoge ser guardián.

—No empiece.

—Solo digo.

—Yo trabajo en una gasolinera.

—Yo también.

—Y quiero trabajar con animales.

—El Sargento cuenta.

—Eso no ayuda.

Don Ramiro se rió.

Luego entró a preparar café.

Me quedé afuera.

La carretera estaba vacía.

La sierra comenzaba a iluminarse con el amanecer.

Pensé en la primera noche, cuando había abierto aquel cuaderno convencido de que estaba leyendo las fantasías de un anciano aburrido.

Ahora sabía mejor.

No entendía qué era El Observador.

No sabía de dónde venía El Alto.

No sabía por qué ciertas tormentas convertían el cielo en algo que parecía una herida violeta sobre las montañas.

Pero sí sabía otras cosas.

Sabía que evitar una tragedia a veces dependía de notar un color.

Sabía que escuchar a un perro podía salvar una vida.

Sabía que una urraca malhumorada tenía mejor instinto que cualquier pronóstico.

Y sabía que alguien tenía que estar aquí cuando anocheciera.

Esa misma tarde, Don Ramiro me entregó una llave nueva.

—¿Qué es?

—La llave principal.

—Ya tengo una.

—Esa abre solamente la tienda.

Miré la nueva.

—¿Y esta?

—Todo.

No la acepté inmediatamente.

—Ramiro.

—No significa que me voy mañana.

—Entonces quédese con ella.

—Tengo copia.

—Qué conveniente.

La puso en mi mano.

—Por si un día no llego.

Pensé en la noche del infarto.

En la estación vacía.

En el cielo morado.

Cerré los dedos alrededor de la llave.

—Está bien.

—Bien.

Se alejó.

—Pero no me llame guardián.

Don Ramiro levantó una mano sin voltearse.

—Como tú digas.

Sonreí.

A las seis en punto empezó mi turno.

Preparé café.

Revisé la gasolina.

Moví varias cajas.

Luego abrí mis apuntes de medicina veterinaria.

Cerca de las nueve, La Chispa soltó tres gritos.

Cerré el libro.

Miré hacia la carretera.

Dos luces aparecieron a lo lejos.

El vehículo se acercó lentamente.

Una camioneta con equipo de campamento.

Suspiré.

—De acuerdo, Chispa.

Me puse de pie.

—Vamos otra vez.

Cuando acepté aquel empleo, pensaba que estaba sacrificando mis noches para pagar una carrera.

Tres años después comprendí algo distinto.

Tal vez Parador El Mezquite no era el trabajo temporal que había encontrado mientras construía mi verdadera vida.

Tal vez aquella estación perdida, ese cuaderno rojo, aquel perro imposible y esos viajeros que nunca sabrían de qué los habíamos protegido formaban parte de mi vida desde el momento en que crucé la puerta.

Mi nombre es Mateo Salazar.

Trabajo de noche en una gasolinera al pie de una sierra donde ocurren cosas que ningún mapa explica.

Y aunque todavía me cuesta admitirlo, creo que encontré el empleo que nunca supe que estaba buscando.

Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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