Tres amigos ignoraron las advertencias sobre el calor para alcanzar una cascada escondida en la sierra, pero cuando uno comenzó a perder el juicio, ya no quedaba camino fácil de regreso
Tres amigos ignoraron las advertencias sobre el calor para alcanzar una cascada escondida en la sierra, pero cuando uno comenzó a perder el juicio, ya no quedaba camino fácil de regreso
Parte 1: La fotografía que convirtió una caminata en una obsesión
Cuando Adrián Solís vio por primera vez la fotografía de la Cascada del Venado Negro, decidió que algún día llegaría hasta ella, aunque en ese momento no sabía exactamente dónde estaba ni cuánto esfuerzo requería encontrarla. La imagen mostraba una caída de agua estrecha descendiendo entre paredes rojizas, con una poza verde en el fondo y un sendero apenas visible atravesando una barranca seca del ficticio municipio de Santa Rosalía del Mezquite, en el norte de Durango.
Adrián tenía treinta y dos años, trabajaba coordinando ventas de maquinaria agrícola y estaba acostumbrado a ser el hombre que resolvía las cosas cuando otros dudaban. Había jugado futbol durante la universidad, seguía entrenando cuatro veces por semana y llevaba años escuchando a amigos decirle que parecía capaz de aguantar cualquier esfuerzo físico.
Eso había terminado convirtiéndose en parte de su identidad.
No se consideraba imprudente.
Se consideraba preparado.
La caminata comenzó como una propuesta para celebrar su cumpleaños con sus dos amigos más cercanos, Héctor Barrera y Valeria Castañeda. Héctor, de treinta y cuatro años, administraba un pequeño taller mecánico y tenía experiencia realizando caminatas cortas en zonas rurales, mientras Valeria, de treinta, era diseñadora de interiores y acostumbraba salir a correr temprano, aunque nunca había pasado un día entero caminando bajo calor extremo.
Valeria fue la primera en buscar información seria sobre la ruta.
Encontró reportes de visitantes anteriores, fotografías del camino y advertencias sobre un tramo particularmente expuesto después del Mirador de las Águilas. El sendero completo hasta la cascada y de regreso sumaba casi veintidós kilómetros, con un descenso pronunciado hacia el fondo de la barranca y una subida que muchos excursionistas describían como mucho peor de lo que parecía en el mapa.
También encontró algo más.
En julio, la temperatura dentro de la barranca podía superar fácilmente los cuarenta grados centígrados, incluso cuando el pueblo amanecía fresco.
“Podemos ir en octubre”, propuso una noche mientras los tres cenaban en casa de Héctor.
Adrián negó.
“En octubre probablemente ya no lleve tanta agua.”
“No sabemos cuánto calor hará.”
“Somos del norte, Vale. El calor no es algo nuevo.”
Héctor sonrió.
“Eso sí.”
Valeria los miró.
“No estoy diciendo que no podamos hacerlo. Estoy diciendo que podríamos escoger un día mejor.”
Adrián tomó su vaso.
“Ese es el problema con esperar siempre el día perfecto. Nunca haces nada.”
La conversación terminó allí.
Dos días antes de la salida, una ola de calor llegó a la región.
En Santa Rosalía del Mezquite, las autoridades locales colocaron avisos recomendando evitar caminatas largas durante la tarde. El dueño de la pequeña posada donde se hospedaron les explicó que el camino hacia la cascada no tenía puestos de agua, señal de celular confiable ni refugios permanentes después del primer tercio.
“Salgan antes de las cinco”, recomendó.
Adrián levantó las cejas.
“¿Tan temprano?”
“Si quieren llegar abajo y salir antes de que el calor se encierre entre las paredes, sí.”
Valeria asintió inmediatamente.
Héctor preguntó cuánta agua debían llevar.
El hombre miró sus mochilas.
“Más de la que creen.”
A la mañana siguiente, sin embargo, todo salió tarde.
Adrián había dormido mal.
Héctor tardó en encontrar una llave.
Valeria quiso pasar por pan y fruta para no depender únicamente de barras energéticas.
Cuando finalmente estacionaron junto al inicio de la vereda, el reloj marcaba las siete y veinte.
El sol ya estaba iluminando las laderas.
Había otros vehículos estacionados.
Algunos excursionistas regresaban.
Uno de ellos, un hombre de alrededor de sesenta años con sombrero de ala ancha y bastones de senderismo, se detuvo cuando escuchó a Adrián decir que iban hasta la cascada.
“¿Van empezando?”
“Sí.”
El hombre miró el cielo.
“Yo no bajaría completo a esta hora.”
Adrián sonrió educadamente.
“¿Muy pesado?”
“Lo pesado no es bajar.”
Señaló hacia la barranca.
“Es subir cuando aquello se convierte en horno.”
Adrián agradeció el comentario y siguió ajustando su mochila.
Valeria permaneció mirando al excursionista.
“Podemos llegar al mirador y decidir.”
Adrián exhaló.
“Claro.”
Pero la forma en que lo dijo dejó claro que la decisión ya estaba tomada.
El inicio del sendero era hermoso.
Pasaba entre encinos, nopales, piedras volcánicas y pequeñas zonas de sombra donde el aire todavía conservaba el fresco de la madrugada. Adrián caminaba adelante, Héctor lo seguía y Valeria cerraba el grupo.
Durante la primera hora, todo pareció demostrar que las advertencias eran exageradas.
Adrián estaba de excelente humor.
Pasaba a otros excursionistas.
Hacía bromas.
Tomaba fotografías.
Cada vez que encontraba a alguien regresando sudoroso, parecía fortalecerse su convencimiento de que el problema era la condición física de los demás.
Cuando llegaron al Mirador de las Águilas, la barranca se abrió frente a ellos.
El paisaje era inmenso.
Abajo, entre paredes de piedra rojiza y vegetación seca, podía distinguirse una línea de árboles más verdes que señalaba el arroyo estacional.
Valeria se sentó.
“Ya hace mucho calor.”
Adrián miró el reloj.
Eran apenas las nueve.
“Todavía estamos bien.”
Héctor bebió agua.
“¿Cuánto llevas tú?”
Adrián levantó su botella.
“Bastante.”
Valeria revisó la suya.
“Yo ya gasté casi una tercera parte.”
Adrián sonrió.
“Porque tomas cada cinco minutos.”
“Eso se supone que debemos hacer.”
Un pequeño letrero de madera indicaba que el tramo siguiente carecía de sombra significativa y recomendaba regresar antes del mediodía en temporada de calor.
Adrián lo leyó.
Después miró la cascada en la fotografía guardada en su teléfono.
“Ya llegamos hasta aquí.”
Aquella frase parecía inocente.
Horas después, Valeria recordaría que fue la primera vez que sintió que ya no estaban tomando decisiones según el camino.
Estaban tomando decisiones según todo lo que habían invertido para llegar.
Y eso apenas comenzaba.
Parte 2: Cada advertencia consiguió que Adrián quisiera avanzar más
Después del mirador, el sendero cambió por completo.
Los árboles desaparecieron gradualmente y la tierra oscura fue sustituida por piedra clara, grava suelta y largas pendientes donde el sol caía directamente sobre sus espaldas. La temperatura aumentaba casi con cada metro que descendían hacia el fondo de la barranca.
Valeria dejó de hablar.
Héctor también.
Adrián continuó delante.
A las diez y media encontraron a una pareja regresando.
La mujer tenía el rostro intensamente rojo y llevaba una toalla mojada alrededor del cuello.
“¿Van hasta el agua?”, preguntó.
“Sí”, respondió Adrián.
El hombre negó.
“Nosotros nos dimos vuelta antes. Abajo está insoportable.”
Adrián miró hacia la barranca.
“¿Cuánto falta?”
“Una hora y media bajando, quizá. Pero regresar será otra historia.”
Valeria aprovechó.
“Podemos volver.”
Adrián la miró.
“¿Estás mal?”
“No.”
“¿Te mareas?”
“No.”
“Entonces seguimos un poco más.”
Héctor intervino.
“Adrián, no tiene que estar desmayándose para decidir regresar.”
Él soltó una pequeña risa.
“Ustedes llegaron predispuestos desde el pueblo.”
Aquello molestó a Valeria.
“No. Llegué predispuesta a no terminar en una emergencia por una foto.”
Adrián no respondió.
Siguió caminando.
Héctor miró a Valeria.
Ella negó con la cabeza, frustrada, pero continuó detrás de ellos.
Una hora después, encontraron la última sombra verdadera antes del arroyo.
Se sentaron bajo una formación de roca.
Adrián tenía la camiseta empapada.
Héctor se masajeaba una pantorrilla.
Valeria revisó sus botellas.
“Nos queda menos de la mitad.”
Héctor abrió su mochila.
“Yo tengo una completa todavía.”
Adrián dijo:
“Abajo hay agua.”
Valeria levantó la cabeza.
“¿Podemos beberla?”
“Podemos enfriarnos.”
“No pregunté eso.”
Adrián no respondió.
Ninguno llevaba filtro.
El agua de la cascada podía existir y aun así no resolver su principal problema.
Valeria se puso de pie.
“Yo quiero regresar.”
Aquella vez habló con firmeza.
Adrián levantó las manos.
“Está bien. Regresa.”
La frase cayó como una bofetada.
“¿Sola?”
“Entonces ven.”
“Eso no es decidir juntos.”
Héctor respiró profundamente.
“Basta. Vamos a calmarnos.”
Adrián miró hacia abajo.
La vegetación verde estaba cada vez más cerca.
“Estamos a menos de dos kilómetros.”
Valeria contestó:
“Y luego tendremos que subir todo lo que acabamos de bajar.”
“Yo puedo.”
“Esto no se trata únicamente de ti.”
Adrián se quedó callado.
Después dijo algo que Valeria recordaría durante años.
“Si quieren regresar, regresen. Yo llego a la cascada y los alcanzo arriba.”
Héctor soltó una maldición.
“Ni de broma vas solo.”
Aquella respuesta decidió el asunto.
No porque Héctor quisiera continuar.
Porque no quiso dejar a Adrián.
Valeria terminó siguiéndolos por la misma razón.
Llegaron a la Cascada del Venado Negro poco antes del mediodía.
El lugar era hermoso.
Y terrible.
El agua descendía entre dos paredes verticales hacia una poza estrecha, mientras el aire caliente permanecía atrapado entre las rocas como dentro de un horno. No había brisa.
Adrián sonrió como si todo lo anterior hubiera quedado demostrado.
“¿Ven?”
Sacó el teléfono.
Se colocó junto a la poza.
Pidió a Héctor que le tomara una fotografía.
Después hizo otra con los tres.
Valeria apenas sonrió.
“Tenemos que irnos ya.”
Adrián se sentó.
“Cinco minutos.”
“Ahora.”
“Vale.”
“Adrián, mira nuestras botellas.”
Héctor las puso sobre una roca.
Entre los tres quedaba poco más de un litro de agua potable.
Adrián dejó de sonreír.
Por primera vez, pareció comprender algo.
Pero inmediatamente miró el sendero.
“Subimos despacio.”
Comenzaron el regreso a las doce y diez.
La primera media hora fue difícil, aunque manejable.
La segunda fue peor.
El sol golpeaba directamente la roca.
Cada paso hacia arriba exigía más energía de la que había costado bajar.
Valeria empezó a sentir náuseas.
Héctor tuvo calambres.
Adrián seguía delante, pero ya no hablaba.
Al llegar a una curva del sendero, Valeria se detuvo.
“Necesito descansar.”
Adrián volteó.
“Cinco minutos.”
“No sé si puedo seguir.”
Él se acercó.
“Sí puedes.”
“No dije que no quiero. Dije que mi cuerpo se siente mal.”
Héctor se sentó junto a ella.
“Yo también estoy mareado.”
Adrián miró hacia arriba.
Después hacia abajo.
Su rostro cambió.
“Hay un refugio de pastores como a un kilómetro al este.”
Valeria lo miró.
“¿Lo sabes?”
“Lo vi en un mapa.”
“¿Tiene agua?”
“No sé.”
“¿Tiene señal?”
“No sé.”
Héctor respondió:
“Entonces no sabemos nada.”
Adrián apretó la mandíbula.
Volvió a mirar la subida.
El mirador todavía parecía absurdamente lejos.
Y por primera vez en todo el día, el hombre que había tratado cada advertencia como un desafío dejó de parecer seguro.
Parte 3: Cuando Adrián comenzó a confundirse, el camino cambió de significado
A la una y veinte, Valeria dejó de sudar.
No lo notó inmediatamente.
Fue Héctor quien se dio cuenta.
“Tu cara está seca.”
Valeria se tocó la frente.
Tenía la piel ardiendo.
“Pero tengo calor.”
“Precisamente.”
Adrián regresó unos pasos.
“Tenemos que seguir.”
Valeria negó.
“Necesito sombra.”
No había ninguna.
Héctor sacó la última botella completa y le ofreció agua.
Valeria bebió dos pequeños tragos.
Adrián miró la botella.
“Tenemos que repartirla.”
Héctor lo miró con incredulidad.
“Hace una hora decías que teníamos suficiente.”
Adrián endureció el rostro.
“Eso no ayuda.”
“No. Pero quizá ayuda que aceptes que estamos metidos en un problema.”
Adrián se volvió.
“Estoy intentando sacarnos.”
Valeria los interrumpió.
“Dejen de pelear.”
Su voz era débil.
Continuaron.
Aproximadamente veinte minutos después, encontraron a dos excursionistas que bajaban con mochilas grandes.
Uno de ellos los observó.
“¿Están bien?”
Adrián contestó inmediatamente.
“Sí.”
Valeria habló encima de él.
“No.”
El hombre dejó la mochila.
“¿Qué pasa?”
“Estamos sin agua suficiente y ella está mareada”, explicó Héctor.
El excursionista tocó con cuidado el antebrazo de Valeria.
“Está demasiado caliente.”
Sacó una botella.
“Siéntense.”
Adrián miró hacia arriba.
“¿Cuánto falta para el mirador?”
El segundo excursionista respondió:
“Casi tres kilómetros.”
Adrián frunció el ceño.
“No.”
“Sí.”
“Eso no puede ser.”
El hombre mostró su mapa.
Adrián lo miró.
Después miró el sendero.
“Ya pasamos esa curva.”
“No.”
“Sí la pasamos.”
Héctor sintió miedo.
“Adrián.”
Él señaló hacia abajo.
“Esa roca estaba antes de la cascada.”
Valeria lo observó.
No tenía sentido.
Héctor se acercó.
“¿Sabes dónde estamos?”
Adrián lo miró, irritado.
“Claro.”
“Dime.”
Adrián tardó demasiado.
Los dos excursionistas intercambiaron miradas.
Uno sacó un comunicador satelital.
“Voy a pedir ayuda.”
Adrián reaccionó.
“No.”
“Necesitan ayuda.”
“No necesitamos un rescate.”
Héctor se puso de pie.
“Sí.”
Adrián lo miró como si lo hubiera traicionado.
“¿Tú también?”
“Especialmente yo.”
El hombre activó la emergencia.
Mientras esperaban confirmación, intentaron mover a los tres hacia una zona donde una pared de roca proyectaba una franja estrecha de sombra.
Valeria caminó lentamente.
Héctor podía sostenerse.
Adrián insistía en que él estaba bien.
Hasta que intentó recoger su mochila.
La dejó caer.
Volvió a intentarlo.
Sus dedos parecían no comprender la correa.
“Adrián”, dijo Héctor.
“Estoy bien.”
“No puedes agarrar la mochila.”
“Está atorada.”
“No.”
Adrián lo miró.
La irritación desapareció de sus ojos.
Fue sustituida por confusión.
“¿Dónde está Valeria?”
Ella estaba sentada a menos de cinco metros.
Héctor sintió un escalofrío pese al calor.
“Está ahí.”
Adrián miró hacia donde señalaba.
“Ah.”
Se sentó.
Por primera vez, no intentó levantarse.
Los excursionistas comenzaron a enfriarles el cuello y los brazos con agua.
Habían enviado su ubicación.
La respuesta informó que un equipo se dirigía hacia ellos, pero tardaría.
Valeria empezó a responder mejor después de descansar y beber pequeñas cantidades.
Héctor permanecía consciente.
Adrián empeoraba.
Contestaba preguntas equivocadas.
Confundía la hora.
Preguntó dos veces si ya habían llegado a la cascada.
A las dos y quince perdió el conocimiento durante unos segundos.
Volvió en sí.
“Tenemos que seguir”, murmuró.
Héctor se arrodilló frente a él.
“No.”
Adrián intentó ponerse de pie.
“No pienso quedarme aquí.”
Héctor le sostuvo los hombros.
“Escúchame.”
Adrián trató de apartarlo.
“Quítate.”
“Por primera vez hoy, no vas a decidir tú.”
Adrián lo miró.
Hubo un momento de lucidez.
Un segundo.
Quizá dos.
Y en esos ojos apareció algo que Héctor jamás olvidaría.
Miedo.
No miedo al calor.
Miedo a reconocer que todos los demás habían tenido razón.
“Yo podía hacerlo”, susurró.
Héctor apretó la mandíbula.
“Podías hacer muchas cosas.”
Adrián tragó saliva.
“Esto no.”
“Esto no.”
Adrián cerró los ojos.
Minutos después volvió a desorientarse.
Cuando finalmente llegaron los primeros rescatistas, el sol seguía cayendo sobre la barranca con la misma indiferencia que había tenido desde la mañana.
No sabía quién era fuerte.
No sabía quién estaba preparado.
No sabía quién había sido advertido.
Solo seguía calentando la piedra.
Parte 4: La sierra no premió al más fuerte
El primer equipo llegó poco después de las tres.
Habían bajado desde una ruta secundaria acompañados por un paramédico rural y dos guías de rescate de montaña.
La evaluación fue rápida.
Valeria presentaba agotamiento por calor y deshidratación importante.
Héctor tenía síntomas similares, aunque todavía podía caminar con ayuda.
Adrián estaba en una situación diferente.
Su temperatura corporal era peligrosamente alta.
Su pulso era rápido.
Su respuesta verbal casi inexistente.
Los rescatistas comenzaron a enfriarlo inmediatamente.
Le retiraron parte de la ropa exterior.
Mojaron telas.
Improvisaron sombra.
Aplicaron compresas frías en cuello, axilas e ingles.
El jefe del equipo pidió evacuación aérea.
La respuesta no fue inmediata.
El calor alteraba las condiciones para volar dentro de la barranca.
Además, las paredes estrechas y las corrientes de aire complicaban cualquier aproximación.
Valeria escuchó todo aquello sentada contra la roca.
“No lo dejen.”
El paramédico la miró.
“No vamos a dejarlo.”
“Yo debí regresar sola.”
Héctor negó.
“No empieces.”
“Si hubiera regresado en el mirador…”
“Él habría seguido.”
“Entonces era su decisión.”
Héctor no respondió.
Aquella era la verdad más dolorosa.
Durante semanas después, Valeria intentaría encontrar una frase que pudiera haber cambiado a Adrián.
No existía.
Cada advertencia había llegado a él.
El dueño de la posada.
El excursionista de la mañana.
El letrero del mirador.
La pareja que regresaba.
Valeria.
Héctor.
Los hombres con mochilas.
El problema nunca fue la falta de información.
Fue que Adrián interpretaba cada advertencia como una evaluación de su capacidad.
Y él estaba convencido de que debía demostrar que los demás lo estaban subestimando.
El helicóptero consiguió acercarse después de las cuatro.
Adrián fue evacuado primero.
Valeria y Héctor salieron varias horas más tarde acompañados por el equipo terrestre.
Adrián murió durante la noche en una clínica regional.
Tenía treinta y dos años.
El diagnóstico fue golpe de calor por esfuerzo, acompañado de deshidratación severa y daño orgánico causado por la elevación prolongada de la temperatura corporal.
La noticia destruyó a su familia.
También a Héctor.
Durante semanas, se despertaba escuchando la última frase lúcida de Adrián.
“Yo podía hacerlo.”
Valeria tuvo otro recuerdo.
El momento en el mirador cuando había dicho:
“Ya llegamos hasta aquí.”
Con el tiempo comprendió que esa frase había gobernado el resto del día.
No querían desperdiciar el camino recorrido.
Después no querían desperdiciar el esfuerzo de bajar.
Luego Adrián no quería desperdiciar haber llegado tan cerca de la cascada.
Finalmente, cuando regresar ya era obligatorio, ninguno quería admitir lo mal que estaban.
Cada paso anterior parecía justificar el siguiente.
Hasta que ya no quedaba ninguna decisión buena.
Solo decisiones menos malas.
Las autoridades locales revisaron el sendero después del incidente.
Colocaron avisos adicionales.
Recomendaron iniciar antes del amanecer durante meses calurosos.
Sugirieron regresar en cuanto el agua descendiera a la mitad.
Nada de aquello podía garantizar que alguien no volviera a cometer el mismo error.
Porque los letreros no toman decisiones.
Las personas sí.
Meses después, Héctor y Valeria regresaron juntos al Mirador de las Águilas.
No continuaron hacia abajo.
Llevaron flores silvestres.
No dejaron una placa.
No escribieron el nombre de Adrián en ninguna roca.
Simplemente se sentaron.
Valeria miró hacia el fondo.
La cascada ni siquiera era visible desde allí.
“Todo esto por llegar a un lugar que ni siquiera podemos ver.”
Héctor permaneció en silencio.
Después dijo:
“No fue por la cascada.”
Valeria lo miró.
“¿Entonces?”
“Por no querer ser el que se diera la vuelta.”
Aquella respuesta dolió porque era cierta.
Parte 5: Volver antes también puede ser una forma de llegar
Un año después, Valeria seguía haciendo senderismo.
Durante meses pensó que no volvería.
El primer intento fue una caminata corta con su hermana por un bosque cerca de casa.
Llevó demasiada agua.
Revisó el pronóstico cinco veces.
Preguntó a un guardabosques exactamente cuánto tiempo tomaría el recorrido.
A mitad del sendero sintió vergüenza por tener miedo.
Después recordó a Adrián.
Y dejó de avergonzarse.
Regresó a caminar porque comprendió que el peligro no estaba en las montañas.
El peligro había estado en la manera en que ellos habían confundido determinación con negación.
Héctor tardó más.
Vendió su vieja mochila.
Regaló sus botas.
Cada vez que veía fotografías de la Cascada del Venado Negro sentía rabia.
Hasta que un domingo, casi dos años después, llamó a Valeria.
“Quiero caminar.”
Ella no preguntó por qué.
“¿Dónde?”
“Algo fácil.”
Escogieron una ruta de seis kilómetros en una sierra baja.
El cielo estaba nublado.
La temperatura era agradable.
Llegaron a un mirador pequeño después de una hora.
Héctor se sentó.
“Estoy cansado.”
Valeria sonrió.
“¿Regresamos?”
Él miró hacia adelante.
El sendero continuaba otros tres kilómetros hasta un antiguo corral de piedra.
Podían seguir.
Habían llevado agua.
Había tiempo.
No existía ninguna razón real para regresar.
Héctor pensó.
Luego sonrió.
“Sí.”
Regresaron.
Nadie los felicitó.
Nadie supo que habían tomado aquella decisión.
No hubo fotografía espectacular.
No hubo sensación de conquista.
Y precisamente por eso significó tanto.
Héctor comprendió que durante años había asociado darse vuelta con fracasar.
Adrián también.
La montaña les había enseñado demasiado tarde que regresar puede ser la decisión más competente de toda una caminata.
Con el tiempo, Valeria comenzó a impartir pequeñas charlas en grupos comunitarios de senderismo.
Nunca utilizó la muerte de Adrián como una historia para burlarse de él.
Eso le parecía injusto.
Adrián no había sido estúpido.
Era inteligente.
Trabajador.
Cariñoso.
Divertido.
Y físicamente fuerte.
Ese era precisamente el punto.
Las malas decisiones no pertenecen únicamente a personas ignorantes.
A veces nacen de cualidades buenas llevadas demasiado lejos.
Confianza convertida en arrogancia.
Persistencia convertida en terquedad.
Lealtad convertida en presión.
Valentía convertida en incapacidad para retroceder.
“Si el cuerpo cambia, el plan cambia”, decía Valeria.
“Si el agua disminuye, el plan cambia.”
“Si alguien de tu grupo dice que algo se siente mal, el plan cambia.”
Y siempre terminaba de la misma manera.
“La montaña estará ahí mañana. Tú quizá no, si crees que regresar significa perder.”
Años después, alguien publicó una fotografía reciente de la Cascada del Venado Negro.
Valeria la vio mientras desayunaba.
El agua caía con fuerza después de una temporada de lluvias.
Los muros rojizos brillaban bajo un cielo azul.
Durante unos segundos pensó en Adrián sonriendo junto a aquella poza.
No en el hospital.
No en la emergencia.
En la fotografía que nunca llegó a publicar.
Héctor le envió un mensaje poco después.
“¿La viste?”
“Sí.”
“Se ve bonita.”
“Muchísimo.”
“¿Quieres volver?”
Valeria observó la imagen.
Alguna vez la pregunta habría despertado miedo.
Esta vez no.
“Sí.”
“¿En julio?”
Ella respondió con una carcajada escrita.
“Ni aunque me pagues.”
Esperaron hasta noviembre.
Salieron antes de las seis.
Llevaban suficiente agua, sales, comida, sombreros, botiquín y un comunicador de emergencia.
Revisaron el clima.
Hablaron con un guía local.
Acordaron tres puntos de regreso antes de empezar.
Cuando llegaron al Mirador de las Águilas, se detuvieron.
El clima seguía fresco.
Ambos se sentían bien.
Continuaron.
Al llegar al segundo punto, Héctor tenía una molestia en la rodilla.
Nada grave.
Podía continuar.
La cascada estaba a menos de una hora.
Valeria lo miró.
“¿Qué quieres hacer?”
Héctor observó el camino.
Después sonrió.
“Regresar.”
Valeria asintió.
No discutió.
No intentó convencerlo.
No dijo que estaban cerca.
Regresaron juntos.
Nunca llegaron a la cascada aquella vez.
Y ninguno sintió que hubiera perdido algo.
Meses después volvieron en mejores condiciones y finalmente alcanzaron la poza poco después de las nueve de la mañana.
Permanecieron allí quince minutos.
No gritaron.
No celebraron.
Valeria simplemente tocó el agua con la mano.
Héctor miró las paredes de la barranca.
Pensaron en Adrián.
Después emprendieron el regreso antes de que el calor aumentara.
Cuando llegaron al estacionamiento, todavía tenían agua.
Todavía tenían energía.
Todavía tenían horas de luz.
Valeria abrió la puerta del vehículo.
Héctor la miró.
“Esta vez sí llegamos.”
Ella negó suavemente.
“No.”
Héctor frunció el ceño.
Valeria miró nuevamente hacia los cerros.
“Llegamos cuando volvimos.”
Y por primera vez desde aquel día terrible, esa palabra dejó de significar derrota.
Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.