Compré una casa abandonada en un cerro de Guanajuato para empezar de nuevo, pero su antiguo dueño regresó buscando algo oculto y aquella noche descubrí por qué nadie quería vivir allí
Compré una casa abandonada en un cerro de Guanajuato para empezar de nuevo, pero su antiguo dueño regresó buscando algo oculto y aquella noche descubrí por qué nadie quería vivir allí
Parte 1: La casa que debía demostrar que por fin había triunfado
Desde niño había relacionado tener una casa propia con una sola palabra: tranquilidad. Crecí con mis padres y mi hermana mayor en una vivienda sencilla de dos pisos en las afueras de un pueblo del Bajío, con un patio donde mi madre cultivaba hierbabuena, una pequeña pila de cemento y un asador de ladrillos que mi padre encendía todos los domingos.
Después llegaron los problemas económicos.
Mi padre perdió el taller donde trabajaba, las deudas se acumularon y terminamos vendiendo aquella casa antes de que el banco hiciera el trabajo por nosotros. Pasamos de tener patio, árboles y habitaciones propias a rentar un departamento donde mi hermana y yo dormíamos separados apenas por un mueble de madera.
Yo tenía doce años y me prometí que nunca volvería a vivir así.
La vida, naturalmente, no escuchó mi promesa.
Estudié dibujo técnico, aprendí diseño industrial y terminé trabajando para una empresa que elaboraba manuales y planos para maquinaria agrícola. Cada vez que parecía que mi carrera se estabilizaba aparecía una reestructuración, un cliente que cerraba, un contrato cancelado o alguna crisis que me obligaba a empezar otra vez.
A los treinta y siete años conseguí finalmente un empleo remoto con buen salario.
No era rico.
Pero podía pagar una hipoteca pequeña.
Encontré la oportunidad en el ficticio pueblo de San Jerónimo de los Sauces, Guanajuato, a casi una hora de la ciudad más cercana y rodeado de cerros secos, caminos de terracería, nopaleras y huertas abandonadas. La propiedad estaba en la parte alta de un lugar conocido como Loma del Venado.
Era demasiado barata.
Eso debió preocuparme más.
La casa tenía una sola planta, muros gruesos de adobe reforzado, tres habitaciones, cocina renovada, un baño enorme y un garaje separado que parecía más viejo que el resto de la construcción. Detrás había un pequeño sótano utilizado antiguamente para guardar herramientas y conservas durante las temporadas de calor.
Llevaba vacía casi ocho años.
La primera vez que entré pensé que había cometido un error.
El piso estaba levantado en varios puntos, la regadera apenas soltaba agua tibia y las ventanas silbaban cada vez que el viento bajaba desde el cerro. En una recámara había un enorme ropero empotrado de mezquite cubriendo casi toda una pared.
Pero ya había firmado.
Así que comencé a arreglarla.
Contraté a dos albañiles del pueblo para reparar grietas, cambié tuberías, instalé nuevas puertas en el garaje y mandé limpiar el terreno. Planté lavanda junto al camino, puse piedras planas desde la entrada hasta el corredor y conseguí una vieja mesa de madera para la cocina.
Poco a poco, aquello empezó a sentirse mío.
Trabajaba desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde frente a dos monitores instalados en una habitación que convertí en oficina. Algunas semanas recibía proyectos urgentes, pero normalmente tenía suficiente tiempo para salir por tortillas, caminar hasta una pequeña tienda y tomar café mirando los cerros al atardecer.
Después de año y medio, estaba orgulloso de aquella casa.
Hasta que llegó una semana de julio.
Un error en una fecha de entrega convirtió un proyecto de tres semanas en una emergencia de cuatro días.
Dormí apenas unas horas.
Viví de café soluble, tortas frías y bebidas energéticas.
El viernes por la tarde llevaba casi diecisiete horas trabajando cuando me levanté para mojarme la cara.
Mis manos temblaban.
Ni siquiera miré por la ventana.
Si lo hubiera hecho, habría visto a un hombre saliendo del camino lateral de mi propiedad.
Alrededor de las siete, cuando el sol comenzaba a esconderse detrás de los cerros, alguien golpeó la puerta.
Tres veces.
Me sobresalté.
Casi nadie visitaba aquella casa.
Me acerqué sin abrir.
“¿Quién es?”
Una voz envejecida respondió.
“Me llamo Abel. Viví aquí hace muchos años.”
Miré por la ventana lateral.
Era un hombre de unos sesenta y cinco años, alto y demasiado delgado, con cabello gris hasta los hombros, barba desordenada, camisa de mezclilla vieja y botas cubiertas de polvo.
“No puedo atenderlo ahora.”
“Solo necesito entrar cinco minutos.”
“No.”
Hubo silencio.
Después escuché el mecanismo de la cerradura.
La puerta se abrió.
Abel tenía una llave antigua.
Retrocedí.
“¿Qué demonios está haciendo?”
Entró, cerró detrás de él y levantó las manos.
“No quiero hacerte daño.”
“Voy a llamar a la policía.”
“Hazlo después.”
Corrió hacia el pasillo.
Lo seguí con el teléfono en la mano.
Entró directamente en la recámara donde estaba el gran ropero empotrado.
Cuando lo vio, palideció.
“No.”
Abrió las puertas y comenzó a golpear la madera del fondo.
“¿Qué busca?”
Se volvió hacia mí.
“¿Tienes una barreta?”
“Lárguese.”
“¿Un marro?”
“No voy a dejar que destruya mi casa.”
Abel me sostuvo la mirada.
“Detrás de este muro hay algo que nunca debió quedarse aquí.”
Antes de que pudiera responder, alguien golpeó la puerta principal.
Una voz masculina habló desde afuera.
“Señor, abra por favor.”
Abel quedó completamente inmóvil.
Otro golpe.
“Sabemos que Abel está dentro.”
Abel susurró una grosería.
Luego corrió hacia la cocina.
Abrió la puerta trasera y salió hacia el terreno.
Unos segundos después escuché ladridos.
Luego un grito.
Me asomé.
Un perro grande había derribado a Abel mientras dos hombres vestidos con ropa táctica corrían detrás.
Desde el frente de la casa, alguien gritó.
“Abra ahora.”
Yo no respondí.
“Si tenemos que entrar por nuestra cuenta, usted va a lamentarlo.”
Miré la sala que tanto trabajo me había costado terminar.
Por primera vez comprendí que una casa podía convertirse en una jaula sin cambiar una sola pared.
Parte 2: Ocho hombres armados entraron como si conocieran mi casa mejor que yo
Abrí.
Había seis hombres frente a mí.
Otros dos estaban en el patio con Abel.
Ninguno mostraba placas.
Vestían pantalones oscuros, chalecos tácticos sin insignias, botas de trabajo y gorras negras. Varios cargaban rifles, mientras otros llevaban radios, esposas plásticas y pistolas.
El hombre que parecía dirigirlos tendría unos sesenta y ocho años.
Cabello blanco corto.
Bigote recortado.
Una sonrisa demasiado tranquila.
“Gracias, amigo.”
Extendió la mano.
“Soy Mauro.”
No se la estreché.
El hombre a su lado era un poco más joven, ancho de espalda, con una cicatriz junto a la mandíbula.
“Él es Simón.”
“¿Son policías?”
Mauro sonrió.
“No exactamente.”
Entonces trajeron a Abel.
Tenía las manos sujetas detrás de la espalda y el pantalón roto cerca de la pantorrilla donde el perro lo había alcanzado.
“¿Qué quieren?”
Mauro miró alrededor.
“Terminar algo que empezó mucho antes de que tú compraras este lugar.”
Entraron sin esperar permiso.
Simón me pidió el teléfono.
“Prefiero quedármelo.”
“Yo preferiría que me lo entregaras.”
Se lo di.
Me sentaron en mi propio sillón y aseguraron mis tobillos con una cinta plástica.
A Abel lo amarraron a una silla de la cocina.
Mauro tomó otra silla, la giró al revés y se sentó frente a él apoyando los brazos sobre el respaldo.
Comenzó con preguntas sencillas.
Nombre completo.
Edad.
Lugar de nacimiento.
Abel respondió.
“¿Qué año es?”
Abel guardó silencio.
Mauro dejó de sonreír.
“¿Qué año es?”
“No estoy seguro.”
Los hombres intercambiaron miradas.
“¿Cuánto tiempo estuviste fuera?”
Abel cerró los ojos.
“Veintisiete años.”
Mauro asintió.
“Para nosotros.”
Abel levantó la mirada.
“Sí.”
“¿Y para ti?”
“Más.”
Uno de los jóvenes que vigilaba la puerta respiró profundamente.
Mauro continuó.
“¿Por dónde regresaste?”
“No importa.”
“¿Qué nivel?”
Abel apretó los labios.
“Diez.”
Alguien murmuró una oración.
Yo comenzaba a preguntarme si todos estaban delirando.
Mauro preguntó por ciudades, caminos y asentamientos.
Abel respondía de manera fragmentada.
Habló de lugares donde los cultivos emitían luz al caer la noche, animales criados bajo tierra, mercados donde intercambiaban metales que no se oxidaban y comunidades enteras construidas alrededor de enormes raíces.
“¿Había gente?”
“Sí.”
“¿Como nosotros?”
“Algunos.”
Mauro sonrió.
“¿Qué año creen ellos que es?”
Abel lo miró.
“2037.”
Uno de los hombres se sentó.
“Eso es imposible.”
Abel negó.
“No está adelante.”
“Entonces ¿dónde?”
“Al lado.”
Aquella respuesta hizo que el ambiente cambiara.
Mauro se acercó.
“¿Por qué regresaste?”
Abel miró hacia la recámara.
Mauro lo notó.
“Ah.”
Abel bajó la cabeza.
“Lo dejaste aquí.”
“No.”
“Entonces ¿qué hay detrás de esa pared?”
Nada.
Mauro sacó una pistola.
La dejó apoyada sobre su rodilla.
No apuntó.
No necesitaba hacerlo.
“Abel.”
Yo observaba desde la sala.
Abel volvió a mirarme.
Su expresión decía algo.
No entendí qué.
Mauro levantó lentamente el arma.
Entonces hablé.
“Fue al ropero.”
Todos voltearon.
Abel cerró los ojos.
Mauro bajó la pistola.
“¿Qué?”
“Cuando entró fue directo a la recámara. Golpeó el fondo del ropero y pidió una barreta.”
Abel susurró:
“No debiste decirlo.”
Mauro sonrió.
“Gracias.”
Simón y otros dos corrieron hacia el dormitorio.
Poco después comenzaron los golpes.
Madera quebrándose.
Yeso cayendo.
Algo pesado arrastrándose.
Intenté mirar a Abel.
“Lo siento.”
Él negó lentamente.
“No.”
Sus ojos estaban llenos de miedo.
“Yo lo siento por ti.”
Parte 3: El objeto escondido detrás de mi ropero no debía existir
Simón regresó cargando un paquete envuelto en lona, bolsas viejas y varias capas de cinta.
Lo dejó sobre la mesa.
Mauro cortó el envoltorio.
Dentro había un cubo negro de unos veinticinco centímetros de lado.
No tenía botones.
No tenía marcas.
No tenía esquinas claramente visibles.
Parecía absorber la luz.
Simón lo levantó.
“Pesa casi nada.”
Lo soltó sobre la mesa.
El cubo cayó lentamente.
No hizo ruido al tocar la madera.
Nadie habló.
Mauro pasó un dedo por la superficie.
“Lo conservaste.”
Abel negó.
“Lo escondí.”
“Es lo mismo.”
“No.”
Mauro lo miró.
“Entonces dime qué es.”
Abel respiró con dificultad.
“Una invitación.”
“¿Para quién?”
“Para nosotros no.”
Mauro dejó de tocarlo.
Abel continuó.
“Cada vez que alguien lo activa, algo del otro lado sabe que seguimos buscando.”
Simón retrocedió.
Mauro, en cambio, sonrió.
“Veintisiete años esperando esto.”
“Debiste olvidarlo.”
“Entramos siete personas.”
“Sí.”
“Yo regresé.”
Abel lo miró fijamente.
“Eso crees.”
Mauro frunció el ceño.
Abel inclinó la cabeza.
“Esta no es la primera vez que nos encontramos después.”
Uno de los hombres dejó de respirar.
Mauro preguntó:
“¿Cuántas?”
Abel respondió.
“Cinco.”
“¿Cinco qué?”
“Cinco veces que regresé.”
Mauro rio.
“Mentiroso.”
“Tú me mataste en dos.”
El silencio fue absoluto.
Entonces sonó mi teléfono.
Simón lo llevaba en el bolsillo.
Contestó rápidamente.
“¿Bueno?”
Se quedó inmóvil.
Luego sacó otro teléfono de su chaleco.
Los dos tenían exactamente el mismo tono.
Simón dejó caer el mío.
“Ese no era.”
Mauro se levantó.
“¿Qué hiciste?”
“Sonaban igual.”
Abel comenzó a reír.
El cubo parecía vibrar, aunque no se movía.
Un hombre revisó un pequeño aparato.
“Tenemos poco tiempo.”
“¿Cuánto?”
“Dos minutos.”
Mauro maldijo.
“Saquen a Abel.”
Abel comenzó a forcejear.
“¡No!”
Dos hombres arrastraron la silla hacia el patio.
Mauro se acercó a mí.
“Necesitamos revisar cuánto contacto tuviste.”
“¿Y después?”
“Te vas.”
“¿De verdad?”
“Por supuesto.”
Algo en la respuesta me molestó.
Recordé la manera en que Mauro había analizado las respuestas de Abel.
Las mentiras solían complicarse.
Por supuesto.
Demasiado limpio.
Demasiado rápido.
“Va a matarme.”
Mauro sonrió.
“Estás cansado.”
“Va a matarme.”
“Coopera.”
Entonces supe que tenía razón.
Uno de sus hombres preguntó desde el pasillo:
“¿Tiene tina el baño?”
Otro respondió que sí.
Sentí hielo en el estómago.
El guardia que me vigilaba miró hacia la puerta trasera.
Yo miré el sillón.
Uno de los botones decorativos estaba roto y dejaba expuesto un pequeño alambre.
Comencé a rozar la cinta plástica contra él.
Sin prisa.
La cinta cedió.
Manteniendo las manos juntas, abrí lentamente la ventana detrás del sillón.
Cuando sonó un disparo en el patio, el guardia volteó.
Me metí dentro del pequeño espacio de almacenamiento detrás del librero.
El hombre miró nuevamente.
Vio el sillón vacío.
La ventana abierta.
“¡Se escapó!”
Corrió hacia afuera.
Rompí las ataduras de mis tobillos.
Dentro del pequeño espacio descubrí una tabla fina en la pared.
La empujé.
Cedió.
Daba a la habitación de invitados.
Atravesé el hueco.
Abrí una ventana.
Salí.
Abel estaba en medio del patio, todavía atado a la silla.
Inmóvil.
Me acerqué.
Respiraba apenas.
“Abel.”
Abrió los ojos.
Golpeó débilmente la tierra con una mano.
“Espera.”
“¿Qué?”
“No corras todavía.”
“¿Por qué?”
“Escucha.”
Luego dejó de respirar.
Me levanté.
Pensé en correr hacia el monte.
Entonces escuché un gruñido.
El perro apareció junto al garaje.
Detrás venía su cuidador.
Y desde la casa salió Mauro cargando el cubo.
“Qué decepción.”
Retrocedí.
“Me iba a matar.”
Mauro suspiró.
“Sí.”
Aquella sinceridad fue peor que cualquier amenaza.
“Viste demasiado.”
Levantó la pistola.
“Perdóname.”
Entonces la tierra bajo su pie se abrió.
Parte 4: Lo que salió del suelo hablaba con la voz de Abel
Mauro cayó de rodillas.
Una mano pálida sujetaba su tobillo.
El perro comenzó a ladrar.
El cuidador tiró de la correa.
Otra mano apareció cerca de la pila.
Después otra.
El terreno entero comenzó a hundirse por pequeñas zonas.
Mauro disparó al suelo.
Una figura emergió detrás de él.
Era un hombre.
Viejo.
Cabello blanco.
Barba larga.
Tenía el rostro de Abel.
Otro apareció junto al garaje.
También era Abel.
Un tercero salió cerca del limonero.
Más delgado.
Más envejecido.
La misma cara.
“Te dije que no escucharas.”
La voz surgió de tres bocas al mismo tiempo.
Mauro retrocedió sosteniendo el cubo.
“¿Qué eres?”
Las figuras sonrieron.
“¿Cuál de nosotros?”
Los hombres armados comenzaron a disparar.
Yo corrí.
No hacia la carretera.
Hacia los mezquites del fondo.
Detrás escuché gritos, órdenes, ladridos y disparos.
Luego risas.
La voz de Abel se multiplicaba.
“Terreno de casa.”
Una y otra vez.
“Terreno de casa.”
Miré hacia atrás únicamente una vez.
Había figuras saliendo del suelo por toda la propiedad.
Algunas parecían hombres mayores normales.
Otras estaban demasiado delgadas.
Una era increíblemente alta, con brazos que casi alcanzaban las rodillas.
Todas tenían algún parecido con Abel.
Mauro retrocedía hacia la entrada sosteniendo el cubo frente a él.
Simón intentaba alcanzar una camioneta.
El cuidador había perdido el control del perro.
El jardín que había cuidado durante meses estaba lleno de grietas.
Entonces una de las figuras miró directamente hacia mí.
Sus labios se movieron.
“Corre.”
No necesité escuchar una segunda vez.
Atravesé el monte hasta llegar a un camino secundario.
Caminé durante horas.
Un camionero que transportaba cajas de verduras me encontró cerca de las dos de la madrugada.
Iba descalzo.
Tenía cortes en los brazos.
Apenas podía hablar.
Se detuvo.
Me dio agua.
Llamó a emergencias.
Cuando expliqué que varios hombres armados habían tomado mi casa, las autoridades actuaron rápidamente.
Yo no regresé aquella noche.
Tampoco al día siguiente.
Estuve en una clínica mientras revisaban la propiedad.
Después comenzaron las preguntas.
Encontraron cuerpos.
Primero seis.
Luego nueve.
Después más.
Algunos eran recientes.
Otros llevaban décadas enterrados.
Excavaron el patio.
Después el terreno detrás del garaje.
Finalmente desmontaron parte del piso de la antigua bodega.
En total aparecieron más de quince restos humanos.
Abel no estaba entre ellos.
Tampoco Mauro.
El cubo había desaparecido.
Los investigadores sí encontraron armas, radios, vehículos abandonados, cintas plásticas y suficientes pruebas para demostrar que el grupo armado había existido.
Cuando derribaron completamente la pared detrás del ropero descubrieron algo más.
Un conducto vertical.
No aparecía en los planos antiguos.
Bajaba hacia la piedra.
Una cámara descendió.
A unos treinta metros dejó de transmitir.
Una segunda llegó más abajo.
La última imagen mostraba una superficie negra.
Lisa.
Sin reflejo.
Luego la señal desapareció.
Sellaron el conducto.
Nunca me dieron una explicación.
Durante meses repetí la historia.
Abel.
Mauro.
Los niveles.
El cubo.
Las figuras.
El año 2037.
La frase “al lado.”
Algunos investigadores parecían creer que había sufrido alucinaciones por agotamiento.
Otros no discutían conmigo.
Simplemente anotaban.
Uno de ellos me preguntó:
“¿Usted cree que esos hombres salieron realmente de la tierra?”
Respondí:
“No sé de dónde salieron.”
Eso era lo único que podía afirmar.
Jamás dormí otra noche en aquella casa.
Vendí el terreno meses después por mucho menos de lo que había pagado.
Perdí dinero.
Muebles.
Tiempo.
Años de esfuerzo.
Pero lo que realmente perdí fue una idea.
La idea de que una casa podía garantizarme seguridad.
Parte 5: Comprendí que una casa nunca fue la vida que estaba buscando
Han pasado casi tres años.
Ahora vivo en un pequeño departamento con terraza en un conjunto residencial de la ficticia ciudad de Valle Sereno.
Tengo vecinos.
Alumbrado público.
Una cafetería cerca.
Una ferretería donde el dueño ya sabe mi nombre.
No tengo sótano.
No tengo terreno.
No tengo un monte detrás de mi habitación.
Y estoy completamente feliz.
También cambié de trabajo.
Acepté un puesto con menor salario pero horario estable.
Ya no trabajo diecisiete horas seguidas.
Ya no guardo bebidas energéticas en el refrigerador.
Ya no considero admirable dormir tres horas para cumplir un plazo que otra persona organizó mal.
A veces recuerdo algo que Mauro dijo aquella noche.
Mientras interrogaba a Abel habló sobre imaginar una vida perfecta sabiendo que quizá algún día terminaría convertida en algo terrible.
Me preguntó si preferiría conocer el final o disfrutar lo bueno mientras existiera.
En aquel momento dije que elegiría disfrutarlo.
Con el tiempo comprendí que yo mismo llevaba años haciendo exactamente lo contrario.
Siempre esperaba.
Seré feliz cuando tenga un empleo mejor.
Cuando ahorre más.
Cuando compre una casa.
Cuando termine de arreglarla.
Cuando pague la deuda.
Cuando llegue la siguiente promoción.
Nunca ahora.
Siempre después.
Loma del Venado cambió eso.
Una casa no es una vida.
Es simplemente el lugar donde la vida ocurre.
Si debes destruirte para conservarla, entonces no te pertenece realmente.
Mi hermana vino a visitarme hace unos meses con su esposo y sus dos hijos.
Pedimos carnitas.
Los niños tiraron agua sobre mi alfombra.
Mi cuñado se burló de mi televisión pequeña.
Nos sentamos en la terraza hasta casi medianoche recordando la casa de nuestra infancia.
Mi sobrina preguntó:
“¿Vas a comprar otra casa grande?”
Pensé en ello.
“No.”
“¿Nunca?”
“No necesito una.”
“¿Por qué?”
Miré alrededor.
“Porque ya tengo un lugar donde estoy bien.”
La versión de mí que tenía treinta años habría considerado esa respuesta una derrota.
Ahora me parece libertad.
Todavía tengo pesadillas.
En ellas alguien golpea mi puerta tres veces.
Abel está detrás de mí.
Mauro espera afuera.
Y bajo el piso alguien comienza a rascar.
Pero los sueños llegan con menos frecuencia.
Una terapeuta me preguntó una vez si realmente creía que lo ocurrido fue sobrenatural.
No lo sé.
Quizá Abel y Mauro pertenecían a una organización clandestina que descubrió túneles antiguos.
Quizá parte de aquella noche fue deformada por cansancio extremo.
Quizá las figuras salieron de pasadizos ocultos.
Quizá ninguna explicación normal puede abarcar lo que vi.
Dejé de intentar resolverlo.
Eso también fue una forma de sanar.
Una noche, meses atrás, mi celular sonó mientras apagaba las luces.
Número desconocido.
No respondí.
Llegó un mensaje.
Sin palabras.
Solo una fotografía.
Abrí la imagen.
Mostraba un campo cubierto de plantas pálidas bajo un cielo rojizo.
Al fondo había estructuras que parecían casas, aunque ninguna tenía puertas.
En primer plano, sobre tierra negra, había un cubo.
El mismo cubo.
Sentí que el corazón se detenía.
Eliminé la fotografía.
Borré el mensaje.
Apagué el teléfono.
Después caminé hasta la terraza.
La calle estaba tranquila.
Una señora paseaba a su perro.
Dos adolescentes regresaban hablando después de comprar pan.
Un hombre bajaba bolsas del automóvil.
Vida normal.
Pensé en Abel.
Quizá seguía regresando.
Quizá había cientos de versiones de él.
Quizá aquello que llamaban “niveles” continuaba debajo de lugares donde la gente dormía sin sospechar nada.
Y quizá algunas puertas, después de abrirse, jamás pueden cerrarse por completo.
Pero comprendí algo más importante.
Saber que existe una puerta no significa que debas pasar la vida mirándola.
Volví adentro.
Me preparé un café descafeinado.
Leí durante media hora.
Después dormí ocho horas completas.
A la mañana siguiente, el sol entró por las cortinas.
Encendí el teléfono.
No había mensajes nuevos.
Preparé desayuno.
Comencé a trabajar a las nueve.
Terminé poco después de las cinco.
Al caer la tarde salí a caminar.
No pensé en la casa.
No pensé en Mauro.
No pensé en el cubo.
Por primera vez en muchos años, tampoco pensé en demostrarle nada al niño que alguna vez perdió su hogar.
Simplemente estaba vivo.
Y esa vida, imperfecta y ordinaria, finalmente era suficiente.
Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.