El jornalero que pidió riqueza a la curandera del barranco, pero cuando descubrió el verdadero precio comprendió que podía perder algo mucho peor que su propia vida
El jornalero que pidió riqueza a la curandera del barranco, pero cuando descubrió el verdadero precio comprendió que podía perder algo mucho peor que su propia vida
Parte 1: La noche en que Tomás pidió dejar de ser pobre
Tomás Villaseñor había cumplido cuarenta y tres años trabajando una parcela pedregosa en las afueras de Santa Lucía del Mezquite, un pueblo pequeño rodeado de lomeríos secos, caminos de terracería y huertas que solamente parecían verdes después de una temporada de lluvias generosa. Había heredado aquella tierra de su padre junto con una casa de adobe de dos habitaciones, tres cabras, un viejo cobertizo y una deuda que tardó casi una década en terminar de pagar.
Nunca había sido un hombre flojo, aunque más de uno en el pueblo se lo habría dicho para explicar su pobreza, porque a la gente le resultaba más sencillo culpar al campesino que aceptar que algunas tierras daban poco aunque uno les entregara la espalda entera. Tomás se levantaba antes del amanecer, preparaba café de olla en una cazuela ennegrecida, caminaba hasta los surcos cuando todavía brillaban las últimas estrellas y regresaba después de que el sol desaparecía detrás de los cerros.
Aun así, cada año parecía terminar igual.
Vendía frijol, chile seco y algunas cajas de calabaza, pagaba semillas, alimento para los animales, reparaciones de la bomba de agua y lo que debía en la tienda de abarrotes, y cuando finalmente hacía cuentas quedaba casi exactamente donde había empezado. No pasaba hambre todos los días, pero sabía perfectamente cuánto costaba una semana mala, una enfermedad inesperada o una lluvia que nunca llegaba.
Lo que más le dolía no era tener poco.
Lo que lo estaba destruyendo era mirar demasiado lo que tenían los demás.
Cuando algún ganadero de otra región cruzaba Santa Lucía en una camioneta nueva, Tomás se quedaba observando hasta que el vehículo desaparecía detrás de la plaza; cuando escuchaba que alguien había comprado veinte hectáreas, imaginaba durante días cómo sería caminar por terrenos que se extendieran hasta donde alcanzara la vista. Había empezado a sentir vergüenza de su techo de lámina, de sus botas remendadas y hasta del viejo reloj de pared que había pertenecido a su madre.
—Trabajas como animal y sigues viviendo como si nunca hubieras trabajado —murmuró una tarde mientras contaba unas pocas monedas sobre la mesa.
Su madre, Jacinta, llevaba muerta seis años, pero Tomás todavía podía escucharla en ciertos momentos con una claridad incómoda.
“Lo que no puedas comprar hoy, hijo, quizá puedas comprar mañana. Lo que entregues por desesperación puede que nunca vuelva.”
Él solía burlarse de aquellas frases cuando era joven.
Ahora empezaban a parecerle advertencias.
Todo cambió durante una tarde de septiembre, cuando Tomás llevó dos costales de chile seco al mercado de San Jerónimo de los Sauces y volvió por un camino secundario porque una tormenta había convertido la ruta principal en un lodazal. La noche cayó antes de que alcanzara su parcela, y a medio camino empezó a soplar un viento frío que no correspondía a la temporada.
Su burro se detuvo frente a la entrada de una barranca.
Tomás tiró suavemente de la cuerda.
—Ándale, Lucero.
El animal no se movió.
Entonces Tomás vio una luz entre los mezquites.
No era una lámpara eléctrica ni el resplandor de una casa; parecía una pequeña llama naranja flotando cerca del suelo, y detrás de ella apareció lentamente una mujer vestida con una falda larga color vino, un rebozo negro y un collar de semillas oscuras.
Tomás la reconoció de inmediato.
Se llamaba Isidora Salvatierra.
Vivía sola al otro lado del barranco, en una casa de piedra rodeada de plantas medicinales, gallinas negras y árboles que parecían crecer incluso durante las sequías. Algunos habitantes del pueblo acudían a ella para que les preparara remedios, pero otros aseguraban que Isidora conocía cosas que ninguna persona debía conocer.
Ella sonrió al verlo.
—Te tardaste mucho, Tomás.
Él sintió que un escalofrío le recorrió los brazos.
—Yo no venía a buscarla.
—No hace falta buscar a alguien cuando el deseo llega primero.
Tomás sostuvo con más fuerza la cuerda del burro.
—No entiendo.
Isidora avanzó hasta quedar a pocos pasos.
—Quieres dinero.
Él no respondió.
—Quieres dejar de contar monedas antes de comprar carne. Quieres cambiar ese techo que gotea, tener ganado suficiente para que otros trabajen para ti y comprar tierras que hagan parecer tu parcela un patio pequeño.
Tomás sintió que la garganta se le cerraba.
No eran deseos secretos en el sentido estricto, pero nunca se los había confesado a aquella mujer.
—Todo el mundo quiere vivir mejor.
—Tú no quieres vivir mejor —respondió Isidora con suavidad—. Tú quieres que los demás vean que dejaste de ser pobre.
Aquella frase le dolió.
Quizá precisamente porque era cierta.
—¿Y qué tiene de malo?
—Nada, si puedes pagarlo.
Tomás soltó una risa nerviosa.
—No tengo con qué.
Isidora levantó los ojos.
—Tienes mucho más de lo que imaginas.
El viento volvió a soplar, haciendo crujir las ramas.
—Puedo hacer que el próximo año tengas ganado, tierras, una casa grande y dinero suficiente para no volver a pedir fiado —dijo ella—. Puedo abrirte caminos que jamás se abrirían para un hombre como tú.
Tomás sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Qué quiere a cambio?
Isidora dio media vuelta.
—No esta noche.
—Entonces ¿para qué me dice todo esto?
La mujer comenzó a alejarse entre los árboles.
—Para que mañana, cuando alguien venga a preguntarte cuánto deseas dejar de ser pobre, ya sepas que la respuesta importa más de lo que imaginas.
Tomás quiso seguirla, pero la pequeña llama se apagó de repente.
El barranco quedó oscuro.
Al llegar a su casa, no pudo dormir.
Pensó en bodegas llenas de grano, corrales con decenas de animales y una casa de paredes blancas donde ninguna lluvia pudiera atravesar el techo.
Pensó también en la voz de su madre.
Pero aquella noche el deseo habló mucho más fuerte.
Parte 2: El hombre del caballo gris trajo la verdadera oferta
A la mañana siguiente, Tomás apenas había terminado de alimentar a las cabras cuando escuchó cascos acercándose por el camino seco que llevaba hasta su parcela. Un hombre alto, de unos cincuenta años, apareció montado en un caballo gris y vestido con pantalones oscuros, camisa de manta impecablemente limpia y un sombrero ancho que ocultaba parte de su rostro.
No saludó como solían hacerlo los visitantes.
Bajó del caballo, amarró las riendas al poste de la entrada y caminó directamente hacia Tomás.
—¿Tomás Villaseñor?
—Depende de quién pregunte.
—Me llaman Eusebio.
Tomás miró el camino detrás de él.
—¿Lo manda Isidora?
El extraño sonrió apenas.
—Entonces no necesitamos perder tiempo.
Entraron al pequeño corredor de la casa, donde Tomás colocó dos tazas sobre una mesa de madera, aunque Eusebio rechazó el café con un leve movimiento de cabeza. Permaneció de pie, mirando alrededor como si estuviera calculando cuánto valía cada objeto.
—Isidora puede darte lo que ofreció.
Tomás sintió un impulso de entusiasmo seguido inmediatamente por miedo.
—¿Cómo?
—Eso no importa.
—A mí sí.
—Si necesitas entender cada puerta antes de cruzarla, seguirás viviendo aquí hasta que seas viejo.
Tomás apretó la mandíbula.
—Dígame el precio.
Eusebio lo miró directamente.
—Tu voluntad.
Tomás soltó una carcajada seca.
—¿Mi voluntad?
—Durante un tiempo.
—Eso no significa nada.
—Significa que aceptarás ciertas condiciones sin cuestionarlas, y al final de tu vida entregarás aquello que te hace pertenecer solamente a ti.
Tomás entendió.
Su expresión cambió.
—Habla de mi alma.
Eusebio no confirmó ni negó.
—Llámala como quieras.
Tomás se levantó.
—Lárguese.
El hombre caminó tranquilamente hacia el caballo.
—Dentro de tres meses el pozo de tu parcela dejará de dar suficiente agua.
Tomás se quedó inmóvil.
Eusebio montó.
—Después perderás parte de la cosecha, tendrás que vender dos animales y probablemente pedirás dinero prestado para sembrar nuevamente.
—¿Cómo sabe eso?
—Isidora sabe muchas cosas.
Tomás sintió que el estómago se le retorcía.
—¿Y si acepto?
—El próximo temporal será bueno para ti. Un comprador llegará buscando justamente lo que produzcas, después aparecerá una oportunidad para comprar tierras casi regaladas y, cuando otros empiecen a preguntarse cómo cambió tu suerte, tú ya estarás demasiado arriba para escuchar sus preguntas.
Eusebio tomó las riendas.
—Pero primero habrá una prueba.
—¿Qué prueba?
—Demostrar que prefieres lo que puedes tener mañana por encima de aquello que tienes hoy.
Después se marchó.
Tomás observó el caballo hasta que desapareció detrás del cerro.
Durante las semanas siguientes intentó olvidar la conversación.
No pudo.
El pozo comenzó a bajar exactamente como Eusebio había dicho.
Después, una plaga dañó parte del chile.
Cuando una de sus cabras enfermó y tuvo que vender otras dos para pagar alimento y medicinas, Tomás dejó de considerar las palabras del extraño como una amenaza y empezó a verlas como una profecía.
Cada pérdida lo acercaba más a Isidora.
Una noche encontró debajo de su puerta una pequeña bolsa de manta.
Dentro había diez monedas antiguas y una nota sin firma.
“Esto no es riqueza. Solamente una muestra.”
Tomás llevó una de las monedas a un comerciante de antigüedades de un pueblo cercano.
El hombre la examinó durante varios minutos.
—Podría pagarte bastante por ésta.
Tomás sintió que las manos le sudaban.
Vendió una sola.
Con el dinero compró alimento, arregló la bomba y pagó lo que debía.
Guardó las otras nueve monedas dentro de una caja bajo su cama.
Aquello fue peor que cualquier amenaza.
Porque ahora sabía que la promesa podía ser real.
Dos noches después regresó voluntariamente al barranco.
Isidora lo esperaba sentada junto a una fogata pequeña.
—Sabía que vendrías.
Tomás permaneció de pie.
—Quiero saber cuál es la prueba.
La mujer señaló una piedra plana frente a ella.
Encima había un cuchillo pequeño, una mazorca seca, un puñado de tierra y una fotografía vieja.
Tomás reconoció la fotografía.
Era su madre.
La tomó de inmediato.
—¿De dónde sacó esto?
—De tu casa.
—Usted no tiene derecho.
Isidora sonrió.
—Si haces el pacto, pronto dejarás de hablar de derechos como ahora.
Tomás sintió rabia.
—Explíqueme.
Ella señaló la tierra.
—La prueba no requiere sangre, si eso te preocupa.
Tomás no se tranquilizó.
—Entonces ¿qué?
—Debes entregar algo que todavía pueda hacerte retroceder.
—¿Mi parcela?
—No necesariamente.
Isidora tomó la fotografía de Jacinta entre dos dedos.
—Los recuerdos también atan.
Tomás se abalanzó para recuperarla.
La mujer retiró la mano.
—Ahí está el problema.
—Devuélvamela.
—Quieres riqueza, pero sigues comportándote como un hombre que teme perder cosas viejas.
—Era mi madre.
—Y está muerta.
Tomás la miró con odio.
Isidora volvió a colocar la fotografía sobre la piedra.
—Cuando estés listo para dejar de ser el hombre que ella crió, volverás.
Tomás tomó la fotografía y se marchó.
Sin embargo, mientras regresaba a casa, no pudo evitar mirar las nueve monedas escondidas bajo su colchón.
La tentación ya había entrado con él.
Parte 3: La riqueza comenzó antes de que existiera el pacto
Durante los siguientes dos meses, cosas extrañas empezaron a ocurrir alrededor de Tomás sin que él hubiera aceptado formalmente nada. Un comerciante ofreció comprar toda su cosecha restante por un precio inesperadamente bueno, una familia que se mudaba al norte le propuso venderle un pequeño terreno vecino por menos de la mitad de su valor, y una vieja deuda que creía perdida fue pagada de repente por el hijo del hombre que se la debía.
Tomás debería haber sentido alivio.
En cambio comenzó a sentir hambre.
No de comida.
De más.
Compró el terreno vecino y, apenas firmó el acuerdo, empezó a pensar en la parcela siguiente.
Cambió parte del techo y, en lugar de disfrutar de que ya no entrara agua, comenzó a avergonzarse de que las paredes siguieran siendo de adobe.
Adquirió cuatro becerros, pero cuando vio el ganado de un productor que tenía treinta, sus cuatro animales le parecieron miserables.
Una tarde su vecino Mateo Arriaga se acercó para felicitarlo.
—Parece que por fin te está sonriendo la vida.
Tomás miró las botas gastadas de Mateo.
—A algunos nos sonríe cuando trabajamos suficiente.
Mateo frunció el ceño.
Habían sido amigos desde niños.
—Todos aquí sabemos cuánto has trabajado, Tomás.
—Entonces no empieces a preguntar de dónde sale lo mío.
Mateo levantó las manos.
—No estaba preguntando.
Tomás se quedó solo después de que su vecino se marchó.
Por primera vez, se sorprendió a sí mismo hablando como los hombres que siempre había detestado.
Aquella noche soñó con su madre.
Jacinta estaba sentada frente a la vieja cocina, haciendo tortillas a mano mientras Tomás contaba monedas sobre la mesa.
—¿Cuántas necesitas? —preguntaba ella.
—Más.
—¿Cuántas son más?
Tomás no sabía responder.
Al despertar encontró a Isidora sentada en una silla del corredor.
No escuchó que hubiera llegado.
—Salga de mi casa.
—Tu casa es más bonita ahora.
Tomás la miró.
—No acepté nada.
—Y ya estás cambiando.
Ella señaló el terreno vecino.
—Eso es lo maravilloso de la ambición. No necesita contratos para empezar a cobrar.
Tomás sintió miedo.
—Quiero terminar con esto.
—Entonces devuelve las monedas.
Él guardó silencio.
Isidora sonrió.
—Devuelve el terreno que compraste gracias a ellas.
Tomás apretó los dientes.
—Eso ya es mío.
—Exactamente.
La mujer se levantó.
—Ahora entiendes el pacto.
—No he firmado nada.
—No se firma con tinta.
Tomás la siguió hasta el patio.
—¿Qué tengo que entregar realmente?
Isidora se volvió.
—Primero, la casa de tu padre.
Tomás parpadeó.
—¿Qué?
—La derribarás.
—Puedo construir encima.
—No. La destruirás por completo.
Ella señaló el viejo mezquite donde Jacinta solía colgar ropa recién lavada.
—También cortarás ese árbol.
Tomás sintió una punzada en el pecho.
—¿Por qué?
—Porque cuando mires una casa nueva, no debe quedar nada que te recuerde que alguna vez fuiste pobre y estuviste contento.
—Nunca estuve contento.
—Eso te dices ahora.
Isidora se acercó.
—Después dejarás de ayudar a quienes puedan convertirse en carga. Tu vecino Mateo, por ejemplo, pedirá prestada tu bomba cuando llegue la próxima sequía.
Tomás palideció.
—¿Cómo sabe eso?
—Deberás negarte.
—¿Y si pierde la cosecha?
—No será tu problema.
—Tiene tres hijos.
—Entonces debería haber trabajado más, ¿no es eso lo que dijiste hace unos días?
Tomás sintió vergüenza.
Isidora continuó.
—Cuando tu corazón deje de doler por esas decisiones, habrás avanzado suficiente. Después la riqueza llegará de verdad.
—¿Y al final?
—Al final ya no necesitaré pedirte nada.
Tomás la miró fijamente.
—Porque ya no quedará nada mío.
Por primera vez, Isidora pareció complacida.
—Aprendes rápido.
Tomás comprendió entonces que el precio no consistía solamente en morir algún día y entregar el alma como si fuera una moneda final.
El verdadero sacrificio era vivir primero convertido en un hombre que ya no extrañaría perderla.
Aquella tarde Mateo llegó.
Llevaba el sombrero entre las manos.
—Tomás, sé que es incómodo pedirlo, pero mi pozo está fallando. ¿Podrías prestarme la bomba portátil unos días?
Tomás recordó las palabras de Isidora.
Miró hacia sus nuevos becerros.
Después miró a Mateo.
Durante varios segundos estuvo a punto de decir que no.
Entonces vio detrás de su vecino a su hija menor, cargando una cubeta vacía.
Algo dentro de Tomás se quebró.
—Llévatela.
Mateo levantó la vista.
—Te la devuelvo el domingo.
—Úsala mientras haga falta.
Aquella noche las nueve monedas antiguas guardadas bajo la cama comenzaron a hacer un sonido extraño.
Una tras otra se partieron por la mitad.
Parte 4: Isidora reveló qué clase de hombre debía convertirse
Tomás recogió las monedas rotas y caminó hacia el barranco antes del amanecer, guiado por una mezcla de furia y alivio que apenas podía distinguir. Encontró a Isidora junto a una capilla abandonada, rodeada por velas pequeñas que no se apagaban pese al viento.
Arrojó los pedazos de metal al suelo.
—Se acabó.
Isidora observó las monedas.
—Ayudaste a Mateo.
—Sí.
—Perdiste una oportunidad.
—Entonces nunca fue una oportunidad.
—Dijiste eso antes.
Tomás respiró hondo.
—Quiero que me deje en paz.
Isidora comenzó a caminar lentamente alrededor de él.
—Podría darte cien hectáreas antes del próximo verano.
Tomás guardó silencio.
—Podría llenar tus corrales de ganado.
Él recordó sus cuatro becerros.
—Podría hacer que los hombres que ahora pasan frente a tu casa sin mirarte se quitaran el sombrero cuando te vieran llegar.
Tomás sintió otra vez aquella antigua punzada de deseo.
Isidora lo notó.
—Ahí está.
—¿Qué?
—La parte de ti que todavía quiere decir que sí.
Tomás cerró los puños.
—No.
La mujer levantó una mano.
Frente a ellos, la neblina comenzó a tomar formas.
Tomás vio una casa enorme con corredores de piedra, camionetas estacionadas junto a un granero, caballos, trabajadores cargando cajas y una mesa cubierta de billetes.
Después se vio a sí mismo.
Era mayor.
Vestía ropa costosa.
Caminaba entre hombres que bajaban la cabeza cuando él pasaba.
Tomás sintió que se quedaba sin aliento.
—Todo eso puede ser tuyo.
Entonces la imagen cambió.
Apareció Mateo frente a una puerta, viejo y cansado, pidiéndole ayuda.
El Tomás de aquella visión cerraba la puerta.
Después apareció una mujer anciana vendiendo tortillas junto al camino.
Tenía las manos de Jacinta.
El hombre rico pasaba a su lado sin mirarla.
Finalmente apareció una mesa enorme preparada para una fiesta.
Había comida suficiente para cincuenta personas.
Pero Tomás estaba sentado solo.
—Deténgalo —murmuró.
Isidora no hizo caso.
En la visión, el hombre rico contaba monedas una y otra vez.
Había cientos.
Miles.
Aun así parecía aterrorizado.
—¿Por qué está solo?
—Porque todos querrán algo de él.
—¿Y su familia?
—No tienes hijos.
—Podría tenerlos.
—Entonces temerías que quisieran tu dinero.
Tomás tragó saliva.
—¿Amigos?
Isidora sonrió.
—¿Cómo sabrías quién lo es?
La visión desapareció.
Tomás quedó temblando.
—Eso es lo que usted quiere.
—Eso es lo que tú pediste.
—Yo pedí dejar de ser pobre.
—No. Pediste sentirte por encima de otros.
Las palabras le golpearon con una precisión cruel.
Tomás recordó cada vez que había mirado con resentimiento la casa de otro hombre, cada vez que había confundido respeto con envidia y cada vez que había imaginado que el dinero finalmente demostraría que valía más de lo que la vida le había permitido mostrar.
Isidora extendió la mano.
—Todavía puedes tenerlo.
Tomás miró su palma.
No había humo ni símbolos extraños.
Solo una mano.
Eso la hacía todavía más aterradora.
—¿Qué sucede si la tomo?
—Mañana empezarás una vida distinta.
—¿Y cuándo termina?
—Cuando ya no recuerdes por qué alguna vez dudaste.
Tomás sintió que la voz de Jacinta regresaba desde algún rincón lejano de su memoria.
“Lo que entregues por desesperación puede que nunca vuelva.”
Bajó la mirada hacia sus propias manos.
Tenían uñas partidas, cicatrices viejas y callos endurecidos por décadas de trabajo.
Eran manos pobres.
Pero eran suyas.
—No.
Isidora entrecerró los ojos.
—Podrías lamentarlo toda tu vida.
—Puede ser.
—Seguirás trabajando hasta que te duela la espalda.
—Ya me duele.
—Habrá años malos.
—Ya los conozco.
—Otros tendrán más que tú.
Tomás respiró profundamente.
—Eso no significa que tengan que tenerme a mí también.
La expresión de Isidora cambió.
Por primera vez pareció cansada.
Más vieja.
El viento sacudió su rebozo.
—Si te marchas ahora, no vuelvas buscando lo que rechazaste.
Tomás dio un paso atrás.
—No volveré.
—Eso dicen todos cuando todavía sienten miedo.
—Entonces tendré que aprender a recordar este miedo.
Se dio media vuelta.
Isidora habló detrás de él.
—Tomás.
Él se detuvo.
—La pobreza puede hacer que un hombre sufra.
Tomás no respondió.
—Pero la desesperación por dejar de ser pobre puede convertirlo en alguien a quien ya no reconocería ni su propia madre.
Tomás miró hacia el sendero.
—Por eso me voy.
Y continuó caminando hasta que las luces de la capilla desaparecieron detrás de los mezquites.
Parte 5: Tomás nunca fue rico, pero dejó de sentirse miserable
Nada milagroso ocurrió después de aquella madrugada.
Tomás regresó a una casa que todavía necesitaba reparaciones, a cuatro becerros que seguían requiriendo alimento y a una parcela donde cada cosecha dependía en parte de un cielo que no aceptaba órdenes de nadie.
Durante algunos meses incluso tuvo la sensación de haber cometido un error.
Cada vez que las cuentas se apretaban, imaginaba las cien hectáreas prometidas por Isidora.
Cada vez que veía a un hombre mejor vestido entrar a la plaza, se preguntaba cómo sería bajar de un vehículo nuevo y notar que todos volteaban a mirarlo.
Sin embargo, poco a poco descubrió algo que jamás había conseguido mientras perseguía la idea de hacerse rico.
Empezó a dormir.
No porque sus problemas desaparecieran, sino porque dejó de convertir cada problema en una prueba de que su vida valía menos.
Trabajó con Mateo para reparar un canal de riego compartido.
Entre ambos organizaron a varios vecinos para comprar semillas en conjunto a mejor precio, y al siguiente año Tomás pudo sembrar una extensión mayor sin endeudarse.
Plantó árboles de guayaba detrás de la casa.
Arregló el techo por etapas.
Vendió uno de los becerros y guardó el dinero en una caja de ahorro comunitaria, algo que antes habría considerado insignificante porque no prometía riqueza rápida.
Tres años después seguía sin ser rico.
Pero ya no debía dinero.
Su parcela producía lo suficiente para vivir con tranquilidad en los años normales, y durante las malas temporadas tenía reservas suficientes para no vender todo por desesperación.
Una tarde, un joven llamado Emiliano Cruz llegó hasta su casa.
Tendría unos veinticinco años y llevaba la misma expresión que Tomás reconoció inmediatamente porque había vivido con ella durante demasiado tiempo.
Rabia.
—Dicen que usted conoció a Isidora Salvatierra.
Tomás dejó la pala contra un árbol.
—¿Quién dice eso?
—La gente habla.
—La gente habla demasiado.
Emiliano se acercó.
—Necesito encontrarla.
Tomás lo observó.
—¿Para qué?
—Quiero salir de pobre.
Aquellas palabras parecieron abrir una puerta antigua.
Tomás volvió a verse en el barranco, mirando la mano extendida de Isidora.
—¿Y qué estás dispuesto a entregar?
Emiliano se encogió de hombros.
—Lo que sea.
Tomás sintió un escalofrío.
—No digas eso.
—Usted no entiende.
—Entiendo mejor de lo que imaginas.
El joven señaló la casa reparada, los árboles frutales y el pequeño corral.
—Mire cómo vive usted. A lo mejor aceptó y ahora quiere impedir que otros hagan lo mismo.
Tomás casi sonrió.
Años atrás habría interpretado aquella acusación como una ofensa.
Ahora escuchó desesperación.
—Si hubiera aceptado, muchacho, probablemente esta casa sería diez veces más grande.
Emiliano guardó silencio.
Tomás lo invitó a sentarse bajo el mezquite.
Le contó una parte de lo ocurrido, aunque omitió algunas cosas porque todavía le resultaba difícil hablar de aquella visión en la que envejecía rodeado de dinero y absolutamente solo.
Cuando terminó, Emiliano miraba el suelo.
—¿Nunca se arrepintió?
Tomás pensó antes de contestar.
—Sí.
El joven levantó la vista sorprendido.
—Muchas veces.
—Entonces quizá debía haber aceptado.
Tomás negó lentamente.
—Arrepentirse de una decisión no significa que la decisión fuera incorrecta. A veces significa solamente que el camino correcto también puede ser difícil.
Emiliano permaneció sentado durante mucho rato.
Finalmente se marchó sin preguntar dónde vivía Isidora.
Tomás nunca supo si terminó buscándola.
Los años continuaron pasando.
En Santa Lucía del Mezquite comenzaron a circular historias sobre una mujer vestida de oscuro que aparecía cerca del barranco cuando alguien atravesaba una mala racha.
A unos les ofrecía tierras.
A otros, belleza.
A otros, poder sobre quienes los habían humillado.
Nunca parecía ofrecer lo mismo, porque Isidora no vendía objetos.
Vendía la posibilidad de convertir el deseo más profundo de una persona en una necesidad tan grande que cualquier precio pareciera pequeño.
Tomás envejeció.
Sus manos se hicieron más gruesas, su cabello se llenó de canas y la espalda terminó encorvándose de la manera que siempre había temido.
Pero el terreno también cambió.
Los guayabos crecieron.
El mezquite donde se sentaba a descansar se volvió enorme.
La vieja casa de su padre seguía en pie, aunque reforzada con nuevas paredes, ventanas mejores y un techo que ya no dejaba entrar una sola gota durante las tormentas.
En una repisa conservaba la fotografía de su madre.
A veces la miraba mientras bebía café al amanecer.
—No me hice rico, mamá —decía sonriendo.
Después miraba alrededor.
Tenía comida.
Tenía una casa sin deudas.
Tenía vecinos que entraban sin pedir permiso y dejaban canastas de fruta sobre su mesa.
Tenía ahorros suficientes para enfermarse sin perderlo todo.
Y, sobre todo, podía mirar sus propias decisiones sin sentir vergüenza.
Una noche de noviembre, cuando Tomás ya había cumplido sesenta y cuatro años, escuchó nuevamente aquella risa cerca de la entrada.
Su cuerpo se tensó.
Abrió la puerta.
Al final del camino, entre la neblina, distinguió la silueta de Isidora.
No parecía haber envejecido.
Ella levantó una mano.
—Todavía puedo cumplirlo.
Tomás se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Después de tantos años?
—Para ciertos deseos nunca es tarde.
Tomás miró sus árboles.
Luego observó la luz encendida en la casa de Mateo, al otro lado del terreno.
Recordó sus años de furia, las monedas rotas, la visión del hombre rico sentado solo y la voz de su madre diciéndole que algunas cosas entregadas por desesperación jamás regresaban.
Sonrió.
—Llegó demasiado tarde.
Isidora inclinó la cabeza.
—Nunca fuiste rico.
—No.
—Nunca tuviste cien hectáreas.
—No.
—Nunca viste a todo el pueblo inclinar la cabeza cuando pasabas.
Tomás soltó una risa tranquila.
—Y qué bueno.
Por primera vez, Isidora pareció no tener respuesta.
Tomás cerró la puerta.
Se sentó junto a la mesa, sirvió café en una taza de barro y observó sus manos envejecidas.
Seguían teniendo cicatrices.
Seguían siendo manos de campesino.
No habían sostenido montones de oro ni firmado escrituras de grandes propiedades.
Pero todavía le pertenecían.
Su casa le pertenecía.
Su palabra le pertenecía.
Sus recuerdos le pertenecían.
Y aquella parte invisible de sí mismo que una vez estuvo a pocos centímetros de entregar por desesperación también seguía siendo suya.
Tomás comprendió finalmente que jamás había necesitado convertirse en el hombre más rico del pueblo.
Solamente había necesitado dejar de sentirse pobre cada vez que miraba la vida de alguien más.
Afuera, el viento volvió a recorrer el barranco.
Esta vez, cuando escuchó a lo lejos aquella risa conocida, Tomás no sintió miedo.
Apagó la lámpara.
Y durmió.
Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.