Mi hija llamó de madrugada diciendo que estaba perdida y después desapareció; años más tarde encontraron algo a metros de su coche que nadie quiso revisar
Mi hija llamó de madrugada diciendo que estaba perdida y después desapareció; años más tarde encontraron algo a metros de su coche que nadie quiso revisar
Parte 1: La llamada que nadie pudo olvidar
A las 2:13 de la madrugada del 18 de septiembre de 2016, mi hermano Mauricio recibió una llamada de mi hermana menor, Valentina Serrano, una muchacha de dieciocho años que había pasado los últimos meses intentando demostrar que ya no necesitaba que nadie le dijera cómo vivir. Su voz sonaba agitada, extrañamente lenta y desorientada, y lo primero que dijo fue algo que durante años nos quitaría el sueño.
—Estoy afuera de tu casa.
Mauricio se levantó de inmediato, salió descalzo a la banqueta y recorrió con la mirada la calle silenciosa de la colonia donde vivía, en la ciudad ficticia de San Bartolo del Río. No había ningún automóvil, ninguna persona caminando y mucho menos Valentina.
—Vale, no estás aquí —respondió—. ¿Dónde estás?
Hubo unos segundos de silencio.
—No sé.
—Mira alrededor. Dime qué ves.
—Estoy en el coche… pero no sé dónde lo dejé.
Mauricio tomó las llaves de su camioneta.
—No cuelgues. Voy por ti.
Valentina respiró varias veces.
Luego dijo:
—Ya me fui.
La llamada terminó.
Mauricio marcó una y otra vez.
Nunca volvió a contestar.
Valentina había nacido en una familia complicada pero muy unida. Nuestra madre, Lorena Serrano, y nuestro padre, Ernesto, se habían separado cuando ella era niña, aunque ambos continuaron participando en su vida; además estábamos Mauricio, yo —Claudia— y un medio hermano menor que vivía con nuestro padre.
Desde pequeña Valentina había sido independiente, curiosa y difícil de convencer cuando creía tener razón. Aprendía idiomas por internet, llenaba cuadernos con fotografías impresas de ciudades que quería conocer y podía pasar horas ajustando ropa vieja para convertirla en algo completamente distinto.
Le fascinaban la naturaleza y la fotografía.
Pero durante su último año de preparatoria empezó a cambiar.
Se transfirió a una escuela pública, comenzó a faltar a clases y empezó a juntarse con un grupo de jóvenes que nuestra madre apenas conocía. Ya no avisaba siempre dónde dormiría y había semanas en que parecía querer estar cerca de la familia, seguidas por otras en las que no respondía mensajes durante horas.
Nuestra abuela Ofelia seguía siendo su refugio.
Valentina podía discutir con todos nosotros y después aparecer en casa de la abuela con una bolsa de pan dulce, acostarse en el sofá y ver programas viejos como si todavía tuviera doce años.
Una semana antes de desaparecer comenzó a mostrarse especialmente nerviosa.
La noche del 16 de septiembre asistió a una reunión en una casa a las afueras de San Bartolo. No sabemos exactamente qué ocurrió allí, pero a la mañana siguiente llegó a casa de nuestra madre temblando y aseguró que varios jóvenes la habían agredido deliberadamente.
No quiso dar detalles.
Solo repitió dos cosas.
Sabía quiénes eran.
Y creía que uno de ellos había grabado lo ocurrido con un teléfono.
Nuestro padrastro, Julián Morales, le preguntó si quería denunciarlo.
—Sí —respondió Valentina—. No voy a dejar que hagan como si no hubiera pasado.
Quedaron en ir juntos a presentar una denuncia esa misma tarde.
Pero Valentina salió de casa antes.
No regresó.
Después escribió a una antigua amiga, Marisol, y le pidió quedarse con ella esa noche.
Marisol diría después que Valentina estaba diferente, más callada, pero seguía haciendo planes para el futuro.
—Mañana voy a arreglar todo esto —le dijo.
Al día siguiente pasó la tarde con la abuela Ofelia.
Comieron arroz con leche, tomaron café y hablaron de cosas simples.
Cerca de las ocho de la noche, Valentina se levantó.
—Tengo que ver a Julián. Todavía voy a hacer la denuncia.
Abrazó a la abuela.
—Regreso pronto.
Aquella fue la última vez que alguien de la familia la vio.
Seis horas después llamó a Mauricio.
Y dijo que estaba perdida.
A la mañana siguiente nadie conseguía localizarla.
Nuestra madre llamó a hospitales, conocidos y amigos.
Mauricio recorrió varias calles buscando su pequeño sedán color vino.
Cuando intentaron reportar formalmente la desaparición, la respuesta fue desesperante.
Valentina tenía dieciocho años.
Era mayor de edad.
Había pasado noches fuera antes.
Quizá simplemente no quería regresar.
Nuestra madre golpeó la mesa de atención con la palma.
—Mi hija llamó diciendo que no sabía dónde estaba.
La respuesta fue que debían esperar y recopilar más información.
Mientras nosotros intentábamos convencer a otros de que Valentina estaba en peligro, las horas más importantes comenzaron a desaparecer.
Dos días después, un hombre llamó para informar que había visto un coche abandonado junto al Parque de los Sauces, una zona arbolada situada al extremo de la ciudad.
El vehículo llevaba allí desde el día anterior.
Nadie había ido a revisarlo.
El hombre volvió a llamar.
Esta vez sí enviaron una patrulla.
Era el coche de Valentina.
La llave seguía puesta.
El tanque estaba vacío.
Dentro estaban su bolso, su cartera, su teléfono, una chamarra ligera, ropa y el estuche donde guardaba sus lentes de contacto.
Valentina tenía una graduación fuerte.
Sin ellos apenas podía distinguir claramente a distancia.
Nuestra madre miró aquellos objetos y dijo lo evidente.
—Ella no se fue por voluntad propia.
Pero el coche no fue tratado como una escena potencialmente importante.
Y esa misma noche cayó una tormenta.
Parte 2: La lluvia que borró lo que podía hablar
El automóvil quedó parcialmente abierto mientras la lluvia empapaba el interior y destruía papeles, telas y cualquier rastro que quizá todavía estuviera allí. Cuando finalmente nos entregaron las pertenencias de Valentina, estaban húmedas y mezcladas dentro de bolsas.
Nuestra familia tuvo que extenderlas sobre toallas en la sala de la casa.
Fotografiamos cada objeto.
Etiquetamos todo.
Guardamos hasta los recibos mojados.
Lo hicimos porque sentimos que nadie más lo haría.
El teléfono de Valentina estaba dañado, pero logramos recuperar algunos mensajes que había enviado antes de desaparecer. En varios confrontaba directamente a personas presentes en aquella reunión.
Decía que pensaba denunciar.
Mencionaba la grabación.
Les exigía que dijeran la verdad.
Para nosotros la relación parecía demasiado clara como para ignorarla.
Valentina había contado que la habían agredido.
Había dicho que iría a denunciar.
Había enfrentado a quienes consideraba responsables.
Y después desapareció.
Sin embargo, las personas mencionadas fueron entrevistadas de manera superficial.
Nadie confiscó teléfonos.
No se reconstruyeron exhaustivamente sus movimientos.
No se revisaron de inmediato grabaciones de negocios cercanos al parque.
Pasaban días.
Luego semanas.
Nuestra casa terminó convertida en un centro improvisado de búsqueda.
Había mapas pegados en las paredes, fotografías sobre la mesa y listas de números de teléfono junto al refrigerador.
Mi madre dormía con el celular bajo la almohada.
Mi padrastro recorría colonias repartiendo volantes.
Mauricio regresaba constantemente al Parque de los Sauces.
Yo llamaba a hospitales y refugios.
Nuestra abuela encendía una veladora junto a una fotografía donde Valentina aparecía riéndose con el cabello recogido.
La búsqueda oficial nunca tuvo la intensidad que nosotros esperábamos.
Así que empezamos a organizarla nosotros.
Vecinos caminaron por senderos.
Amigos revisaron terrenos baldíos.
Una asociación local ayudó a imprimir fotografías nuevas.
Pasaron los meses.
Valentina cumplió diecinueve años sin estar presente.
Después veinte.
Cada aniversario de su desaparición repetíamos el recorrido entre la casa de la abuela y el Parque de los Sauces.
Había algo en ese parque que nunca dejó de incomodarnos.
A pocos metros del sitio donde apareció el automóvil existía un canal pluvial de concreto que descendía debajo de una loma cubierta de maleza.
Era suficientemente amplio para que una persona pudiera entrar agachada.
Nosotros preguntamos por él varias veces.
Según nos dijeron, ya habían revisado “la zona”.
Nunca supimos exactamente qué significaba eso.
En abril de 2017, Teresa Aguilar, madre de una amiga de Valentina, decidió regresar por su cuenta al parque.
Conocía el lugar porque había ayudado en las primeras búsquedas.
Aquella tarde caminó cerca del canal.
Y percibió un olor extraño.
No era basura común.
No era agua estancada.
Era tan penetrante que retrocedió varios pasos.
Llamó a emergencias.
Un agente llegó.
Teresa señaló directamente la entrada.
—Algo está ahí adentro.
El hombre se acercó unos metros.
Después explicó que los canales pluviales acumulaban animales muertos, basura y agua durante meses.
Teresa insistió.
—Por favor, ilumine adentro.
El agente consideró que no había evidencia suficiente para justificar una inspección especializada.
Se marchó.
No hubo búsqueda completa.
Cuando Teresa se lo contó a nuestra madre, Lorena volvió a llamar.
Le respondieron que el aviso había sido revisado.
Mi madre llegó a casa esa noche con los ojos rojos.
—Siento que estamos gritándole a una pared.
No sabíamos entonces cuánto iba a pesar aquella frase.
El expediente finalmente recibió mayor atención después de meses de presión, entrevistas en medios locales y solicitudes constantes.
Pero el tiempo ya había hecho su trabajo.
Los videos de seguridad habían sido borrados.
Los recuerdos de algunos testigos se habían vuelto imprecisos.
Los teléfonos que pudieron contener conversaciones importantes habían sido cambiados o vendidos.
Nuestro padre contrató entonces a un investigador privado llamado Samuel Ocampo.
Fue él quien reconstruyó con más detalle las últimas comunicaciones de Valentina.
—Su hija no estaba tratando de huir —dijo después de estudiar los mensajes—. Estaba intentando confrontar algo.
Encontró otra información.
La noche de su desaparición, Valentina había realizado dos intentos breves de comunicarse con un número de emergencia.
No existía grabación disponible.
Tampoco una localización exacta.
Pero para nosotros significaba algo devastador.
Valentina había pedido ayuda.
Alguien había tenido miedo aquella noche.
Y aun así, cada camino que seguíamos terminaba en silencio.
Parte 3: El lugar que estaba frente a todos
En octubre de 2019, poco más de tres años después de que desapareciera Valentina, una nueva unidad tomó parte del expediente y decidió volver a inspeccionar físicamente varios puntos relacionados con el caso.
Entre ellos estaba el Parque de los Sauces.
Nuestra madre recibió la llamada por la mañana.
—Van a revisar el canal.
Lorena no respondió durante varios segundos.
Después dijo:
—Debieron hacerlo hace años.
Un equipo entró con iluminación, protección y herramientas para retirar sedimentos y ramas.
No tardaron demasiado.
En la parte más profunda del conducto encontraron restos humanos.
La noticia llegó a nuestra casa antes de que hubiera una identificación definitiva.
Nadie habló durante horas.
La abuela Ofelia se sentó frente a la ventana y comenzó a rezar en silencio.
Mi madre repetía que podía ser otra persona.
Mauricio caminaba de un lado a otro.
Yo no sabía qué desear.
Porque después de tres años de buscar a alguien, uno descubre una crueldad imposible de explicar: todavía quieres encontrarla, pero también temes profundamente lo que significa encontrarla.
Días después llegó la confirmación.
Era Valentina.
Había estado a menos de treinta metros del lugar donde apareció su automóvil.
A menos de treinta metros.
Durante tres años.
Mi madre dejó caer el teléfono.
No gritó.
Solo se sentó en el suelo.
Aquello destruyó algo dentro de todos nosotros.
Habíamos caminado por ese parque.
Habíamos repartido volantes allí.
Habíamos hablado con personas a pocos pasos del canal.
Teresa había señalado exactamente ese lugar.
Y nadie había mirado con suficiente atención.
El tiempo había degradado demasiado los restos para reconstruir con precisión todo lo ocurrido.
Los especialistas pudieron establecer que su presencia dentro del conducto no parecía compatible con una entrada accidental.
Alguien probablemente la había colocado allí.
Eso transformó formalmente el caso.
Ya no era una desaparición.
Era una investigación por homicidio.
Pero el nombre nuevo no produjo automáticamente respuestas.
Habían pasado años.
La lluvia había recorrido el conducto incontables veces.
La evidencia que quizá habría estado presente en 2016 ya no existía.
Los investigadores revisaron nuevamente los nombres que Valentina había mencionado antes de desaparecer.
Volvieron a entrevistar a varias personas.
Ninguna confesó.
Ninguna prueba física permitía señalar responsablemente a alguien.
Samuel Ocampo fue directo con nosotros.
—Puede existir una teoría muy convincente y aun así no existir evidencia suficiente para llevarla ante un tribunal.
Nuestra madre golpeó suavemente la mesa.
—Entonces alguien puede hacer esto y seguir viviendo normalmente.
Samuel guardó silencio.
Aquello era respuesta suficiente.
La indignación de Lorena se convirtió entonces en una energía que ninguno de nosotros había visto antes.
Empezó a hablar públicamente.
No acusaba personas sin pruebas.
Hablaba de los errores.
Del coche que quedó expuesto a la lluvia.
De los mensajes que nunca fueron investigados adecuadamente.
Del canal que una ciudadana pidió revisar.
De los meses desperdiciados tratando a una joven desaparecida como si simplemente hubiera decidido alejarse.
—Mi hija no necesita que inventemos un culpable —repetía—. Necesita que alguien encuentre la verdad.
La historia de Valentina empezó a circular por comunidades vecinas.
Llegaron llamadas.
Algunas eran absurdas.
Otras parecían sinceras.
Una persona aseguró haber visto su coche aquella noche cerca de una gasolinera.
Otra recordó un vehículo oscuro estacionado a cierta distancia.
Pero nada podía comprobarse después de tanto tiempo.
Entonces apareció un testimonio nuevo.
Una joven llamada Abril, que había estado en la misma reunión donde Valentina denunció haber sido agredida, pidió hablar con Samuel.
—Yo escuché una discusión —dijo.
—¿Entre quiénes?
Abril comenzó a temblar.
—Valentina y uno de ellos.
—¿Qué dijeron?
—Ella le dijo que al día siguiente iba a contar todo.
Samuel se inclinó hacia delante.
—¿Y él?
Abril cerró los ojos.
—Le dijo que si hacía eso iba a arrepentirse.
Por primera vez en años parecía abrirse una puerta.
Pero una amenaza recordada tres años después seguía sin ser suficiente.
Necesitaban algo más.
Parte 4: La memoria de un teléfono olvidado
La oportunidad apareció donde nadie la esperaba.
El hermano mayor de Abril estaba limpiando una casa familiar antes de venderla y encontró una caja con teléfonos viejos.
Uno había pertenecido a ella.
Abril recordó inmediatamente que lo había usado durante aquella reunión.
El dispositivo estaba dañado y llevaba años apagado.
Samuel pidió que no intentaran encenderlo.
Fue entregado formalmente a los investigadores.
Los técnicos consiguieron recuperar una parte de los archivos.
Había fotografías borrosas.
Conversaciones incompletas.
Y varios videos grabados durante la fiesta.
Ninguno mostraba la agresión denunciada por Valentina.
Pero uno contenía algo importante.
Se escuchaban voces fuera de cuadro.
Valentina estaba discutiendo con un joven llamado Darío Castañeda.
—Mañana voy con mi familia —decía ella.
—No hagas una estupidez.
—Tú debiste pensar eso antes.
—Vale, cálmate.
—No me digas que me calme.
Luego el video terminaba.
Los investigadores revisaron nuevamente a Darío.
Él había declarado originalmente que no volvió a ver a Valentina después de aquella fiesta.
Pero los registros reconstruidos de un antiguo estacionamiento mostraban algo distinto.
Su camioneta había entrado cerca del Parque de los Sauces durante la madrugada del día en que Valentina desapareció.
El registro no indicaba quién conducía.
Darío dijo que se la había prestado a un amigo.
El amigo lo negó.
La investigación empezó finalmente a avanzar.
Después encontraron un mensaje archivado en una antigua cuenta digital asociada a otro integrante del grupo.
Era una conversación enviada pocas horas después de la desaparición.
“No debiste llevarla hasta allá.”
La respuesta decía:
“Ya está hecho. Dejen de hablar por aquí.”
No aparecía ningún nombre.
Pero la hora coincidía.
Los investigadores obtuvieron órdenes para revisar más información.
Meses después llamaron a nuestra madre.
—Tenemos elementos suficientes para presentar cargos contra dos personas.
Lorena se quedó inmóvil.
Después de tantos años, incluso una buena noticia podía sentirse peligrosa.
Darío fue acusado junto con otro hombre, Nicolás Varela, por su posible participación en la muerte y ocultamiento de Valentina.
Ninguno aceptó responsabilidad.
El proceso judicial fue largo.
La defensa insistió en que las pruebas digitales no demostraban quién había llevado a Valentina al parque ni cómo había muerto.
También señaló los errores iniciales de la investigación.
Y tenía razón en algo terrible.
La negligencia de los primeros años también había debilitado la posibilidad de justicia.
Durante el juicio, nuestra familia tuvo que escuchar nuevamente cada falla.
El coche sin asegurar.
La lluvia.
El canal ignorado.
Los teléfonos nunca revisados.
Las grabaciones perdidas.
Fue como perder a Valentina otra vez, pero esta vez dentro de una sala llena de extraños.
Finalmente Nicolás aceptó colaborar.
Reconoció que estuvo en el parque aquella madrugada.
Según su declaración, Darío había querido encontrarse con Valentina para convencerla de no denunciar.
La discusión se salió de control.
Nicolás insistió en que nunca planearon matarla.
Dijo que después entraron en pánico.
Yo escuché esa frase desde la banca.
“Entraron en pánico.”
Durante años nosotros habíamos vivido dentro de ese pánico.
Ellos habían tenido una madrugada.
Nosotros habíamos tenido años.
Nicolás aseguró que ayudó a ocultar el cuerpo dentro del canal.
Darío negó la versión.
Pero la declaración, combinada con registros, mensajes y videos, permitió finalmente construir una secuencia coherente.
Valentina no había desaparecido porque quisiera empezar otra vida.
No estaba huyendo de su familia.
Había intentado denunciar algo.
Y alguien decidió impedirlo.
Parte 5: La promesa que sí cumplió
Darío fue condenado después de un proceso prolongado, mientras Nicolás recibió una sentencia menor debido a su colaboración y reconocimiento parcial de responsabilidad. Ningún castigo podía devolver el tiempo perdido, pero por primera vez desde aquella madrugada nuestra familia dejó de vivir únicamente entre hipótesis.
Mi madre dijo algo inesperado al salir del tribunal.
—No siento alivio.
Samuel la miró.
—No tiene que sentirlo.
—Pensé que cuando supiéramos quién fue podría respirar diferente.
—La verdad no siempre cura —respondió—. A veces solo pone nombre a la herida.
Lorena asintió.
Aquella noche fuimos todos a casa de la abuela Ofelia.
La misma sala donde Valentina había pasado su última tarde seguía casi igual.
Ofelia había conservado durante años una taza azul que su nieta utilizaba siempre.
La puso sobre la mesa.
—Ella dijo que regresaría pronto.
Mi madre acarició el borde.
—Y regresó.
La abuela levantó la mirada.
—No como queríamos.
—No. Pero ahora sabemos dónde estuvo.
Durante mucho tiempo pensamos en Valentina únicamente a través de sus últimas horas.
La fiesta.
La llamada.
El coche.
El canal.
El juicio.
Después comprendimos que aquello estaba devorando todo lo demás.
Valentina había vivido dieciocho años antes de convertirse en un expediente.
Había aprendido palabras en otros idiomas simplemente porque le divertía cómo sonaban.
Fotografiaba puestos de fruta porque le gustaban los colores.
Podía tardar cuarenta minutos escogiendo un esmalte de uñas y después salir de casa usando dos calcetines diferentes.
Discutía demasiado.
Se enamoraba demasiado rápido.
Pedía perdón tarde.
Abrazaba fuerte.
Mi padre recuperó una caja con fotografías tomadas por ella.
Había cielos, árboles, fachadas viejas, zapatos tirados junto a una puerta y la sombra de nuestra madre cocinando.
Una fotografía mostraba a nuestra abuela dormida en una silla.
Otra mostraba a Mauricio arreglando una bicicleta.
Yo aparecía en una, completamente distraída, leyendo junto a una ventana.
Valentina había estado observándonos mientras nosotros creíamos que simplemente estaba tomando fotografías.
Decidimos crear una exposición comunitaria con sus imágenes.
No la llamamos “La víctima”.
La llamamos “Lo que Valentina veía”.
En una pared colocamos fotografías del cielo.
En otra, personas.
En otra, pequeñas cosas que casi nadie mira.
No exhibimos imágenes del coche.
Ni del parque.
Ni del canal.
La historia de su muerte ya había ocupado suficiente espacio.
Durante la inauguración, una adolescente se acercó a mi madre.
—Yo leí sobre su hija.
Lorena sonrió con tristeza.
—Espero que también hayas visto sus fotografías.
La muchacha señaló una imagen de lluvia sobre una ventana.
—Esa es mi favorita.
Mi madre la miró durante varios segundos.
—También era una de las mías.
Años después, el Parque de los Sauces cambió.
El antiguo conducto fue cerrado y reemplazado durante una remodelación del sistema pluvial.
Nuestra familia no pidió conservarlo.
No queríamos un monumento al lugar donde la dejaron.
Preferimos plantar un árbol en otra zona del parque.
Un fresno joven.
Junto a él colocamos una pequeña placa sin detalles del crimen.
Solo su nombre y una frase tomada de uno de sus cuadernos:
“Siempre hay algo que merece ser visto.”
Cada aniversario vamos allí.
No todos juntos siempre.
Mi madre lleva flores.
Mauricio limpia las hojas alrededor del tronco.
Yo llevo una fotografía diferente.
La abuela Ofelia dejó de acompañarnos cuando caminar largas distancias se volvió difícil, pero cada año nos entrega algo para colocar junto al árbol.
Una flor seca.
Una cinta.
Una nota.
Una vez me dio aquella vieja taza azul.
—No quiero que se quede esperando en mi cocina para siempre.
La puse bajo el árbol durante unos minutos y después volví a guardarla.
Algunas cosas todavía pertenecen a casa.
La investigación de Valentina cambió también la manera en que nuestra familia hablaba de desapariciones.
Mi madre comenzó a acompañar a otras familias en los primeros días de búsqueda.
Nunca prometía resultados.
Solo repetía aquello que nosotros habíamos aprendido demasiado tarde.
—Guarden todo.
—Anoten horas.
—Tomen fotografías.
—No permitan que nadie les diga que una ausencia extraña es normal solo porque la persona es joven.
No lo decía desde el odio.
Lo decía desde la experiencia.
Yo todavía sueño algunas veces con aquella llamada que Mauricio recibió.
En mis sueños escucho a Valentina decir:
“Ya me fui.”
Durante años esas palabras parecían una despedida.
Ahora las escucho de otra forma.
Ella estaba desorientada.
Asustada.
Intentaba encontrar a su hermano.
Había llamado buscando ayuda.
Hasta el último momento estaba tratando de regresar a nosotros.
Eso es lo que elegimos recordar.
No que desapareció.
Que intentó volver.
No que alguien quiso silenciarla.
Que antes de eso ella había decidido hablar.
No que terminó en un lugar oscuro.
Que durante dieciocho años buscó luz en todas partes y dejó fotografías para demostrárnoslo.
La justicia llegó tarde.
Demasiado tarde para recuperar muchas pruebas, demasiado tarde para evitar años de incertidumbre y demasiado tarde para que nuestra familia volviera a ser exactamente la misma.
Pero llegó suficiente verdad para destruir la mentira más cruel de todas.
Valentina no abandonó a su familia.
No decidió desaparecer.
No renunció a su futuro.
Aquella madrugada perdió el camino, pero pasó sus últimos minutos intentando encontrarlo.
Y cuando finalmente supimos lo ocurrido, nosotros cumplimos la promesa que ella había hecho la última vez que abrazó a nuestra abuela.
Regresó a casa.
Esta vez, para quedarse en nuestra memoria como la muchacha que siempre había sido.
Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.