News

Cuando regresé temprano a nuestra casa de Monterrey y escuché a mis hijos gritar pidiendo ayuda, encontré a mi esposa levantando la mano sobre ellos; pero la frase que mi hija susurró después convirtió una humillación familiar en una confrontación que nadie en aquella casa pudo detener

Cuando regresé temprano a nuestra casa de Monterrey y escuché a mis hijos gritar pidiendo ayuda, encontré a mi esposa levantando la mano sobre ellos; pero la frase que mi hija susurró después convirtió una humillación familiar en una confrontación que nadie en aquella casa pudo detener

Parte 1: El grito que cambió para siempre aquella casa

—¡Papá, ayúdanos!

El grito alcanzó a Alejandro Salvatierra antes de que pudiera cerrar la puerta principal de su casa en San Pedro Garza García, y por un instante quedó inmóvil con una mano todavía sobre el picaporte y el maletín colgando de la otra. No era una de esas carreras ruidosas que sus hijos organizaban por los pasillos después de la escuela, ni la protesta exagerada de dos hermanos discutiendo por un juguete; era un sonido quebrado, desesperado, imposible de confundir.

—¿Lucía?

El segundo grito llegó desde la sala.

—¡Papá!

El maletín cayó sobre el piso de piedra y Alejandro corrió.

Había pasado quince años construyendo una empresa de diseño y administración de parques industriales, y la casa donde vivían representaba para todos los demás la evidencia de que había triunfado: techos altos, ventanales abiertos hacia la Sierra Madre, muebles hechos a la medida, cuadros elegidos durante viajes y un jardín enorme donde sus hijos jugaban los domingos. En aquellos segundos, nada de eso valía siquiera el tiempo que tardó en atravesar el vestíbulo.

Entró en la sala y sintió que el mundo se detenía.

Lucía, su hija de siete años, estaba pegada a la pared junto a un librero, temblando con ambas manos frente al rostro mientras intentaba contener el llanto. Su hermano Mateo, de nueve, permanecía agachado detrás de un sillón, con las rodillas contra el pecho y una expresión tan vacía que asustó a Alejandro más que cualquier lágrima.

Frente a ellos estaba Adriana.

Su esposa llevaba un vestido negro sencillo, el cabello perfectamente recogido y unos aretes de oro que Alejandro le había regalado apenas el mes anterior por su aniversario. En una mano sostenía un cinturón de tela gruesa que había tomado de una bata, levantándolo como si estuviera a punto de volver a usarlo.

—¡Adriana!

Ella giró sorprendida.

Alejandro cruzó la sala de inmediato, se colocó entre ella y los niños y le arrebató el cinturón antes de dejarlo caer sobre una mesa.

—¿Qué estás haciendo?

—Educándolos —respondió Adriana, molesta, como si él hubiera interrumpido una conversación privada—. Algo que alguien tiene que hacer porque tú nunca estás.

Alejandro ni siquiera contestó.

Se arrodilló frente a Mateo.

—Hijo.

El niño lo miró durante apenas un segundo antes de lanzarse hacia él.

Alejandro lo abrazó y sintió cómo le temblaba todo el cuerpo.

Lucía corrió después y se aferró a su cuello.

—Papá, no te vayas otra vez.

Aquella frase le atravesó el pecho.

—Estoy aquí —murmuró mientras abrazaba a ambos—. Ya estoy aquí.

Pero las palabras le resultaron amargas.

Porque él no había estado allí cuando empezó aquello.

Después de calmarlos un poco, Alejandro revisó sus brazos y piernas sin hacer movimientos bruscos. Mateo tenía marcas oscuras en la parte superior de un brazo y Lucía presentaba una pequeña hinchazón junto a la mejilla, además de un raspón reciente en la muñeca.

Alejandro se puso de pie lentamente.

Adriana cruzó los brazos.

—No empieces con el drama.

Él la miró.

—¿Drama?

—Los niños estaban comportándose como animales. Mateo me contestó y Lucía tiró una jarra de agua después de que le dije tres veces que se sentara.

—¿Y por eso los aterrorizaste?

—Los discipliné.

Alejandro miró a Mateo.

El niño bajó los ojos.

Adriana dijo:

—Tu padre te está preguntando. Contesta.

Mateo se encogió de inmediato.

Ese pequeño movimiento cambió algo dentro de Alejandro.

No era solamente miedo del momento.

Era costumbre.

—Sube a nuestra habitación —dijo Alejandro.

Adriana soltó una risa incrédula.

—¿Perdón?

—Sube.

—Esta también es mi casa.

—Entonces sube a la habitación de esta casa y espera allí.

Ella lo miró con furia.

—Siempre haces lo mismo. Llegas después de estar todo el día fuera, escuchas a los niños durante treinta segundos y decides que yo soy la mala.

—No vamos a discutir delante de ellos.

Adriana apretó la mandíbula.

—Algún día vas a lamentar haberlos criado creyendo que siempre aparecerás para rescatarlos.

Alejandro no respondió.

Ella subió las escaleras con pasos duros.

Cuando desapareció, él volvió a arrodillarse.

—Escúchenme los dos. Nadie va a castigarlos por decirme la verdad.

Lucía miró hacia la escalera.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

La niña se acercó a su oído.

—Papá… esto no empezó hoy.

Alejandro dejó de respirar.

Mateo levantó lentamente la mirada.

Lucía continuó:

—Siempre espera a que te vayas a trabajar.

Entonces Mateo asintió.

Una sola vez.

Sin decir nada.

Alejandro sintió un peso horrible sobre el pecho al recordar reuniones, viajes, cenas de negocios y mañanas en las que salía antes de que sus hijos despertaran porque estaba convencido de que trabajar sin descanso era la mejor forma de cuidarlos. Había construido una casa enorme para que nunca les faltara nada, sin darse cuenta de que quizá el lugar donde debían sentirse más seguros se había convertido en el lugar que más temían.

—¿Desde cuándo? —preguntó con voz baja.

Mateo respondió casi sin sonido.

—Desde hace meses.

Alejandro cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, ya no estaba pensando como empresario.

Estaba pensando como padre.

Y supo que aquella noche no terminaría con una discusión matrimonial.

Parte 2: Todo lo que los niños habían aprendido a ocultar

Alejandro llevó a Lucía y Mateo a la habitación de invitados del primer piso, lejos de la escalera principal, y llamó a su hermana Mariana, una pediatra que vivía a veinte minutos. No le contó todos los detalles por teléfono; solamente le dijo que necesitaba que llegara cuanto antes y que no avisara a nadie.

Mientras esperaban, preparó chocolate caliente y se sentó en el piso frente a sus hijos.

—Quiero que me cuenten solamente lo que quieran contarme.

Mateo mantuvo la vista sobre la taza.

—Si hablamos, se va a enojar.

—No va a entrar aquí.

—Después sí.

Alejandro sintió un nudo en la garganta.

—No habrá un “después” en el que ustedes se queden solos con ella hasta que yo entienda todo.

Lucía agarró la manga de su camisa.

—Cuando viajaste a Saltillo, nos encerró en el cuarto porque hicimos ruido.

Alejandro la miró.

—¿Cuánto tiempo?

—No sé.

Mateo respondió:

—Hasta que oscureció.

Las manos de Alejandro se cerraron lentamente.

—¿Les dio de comer?

Mateo negó con la cabeza.

—Dijo que si queríamos comportarnos como bebés, podíamos llorar hasta cansarnos.

Cada frase era una puerta abriéndose hacia algo que Alejandro no quería ver.

Recordó una videollamada de aquel viaje.

Había hablado con Adriana desde el hotel y preguntado por los niños.

Ella sonrió y dijo que ambos ya dormían porque habían tenido “un día complicado”.

Alejandro incluso la felicitó por encargarse de todo.

Mariana llegó veinte minutos después y se quedó inmóvil cuando vio la expresión de su hermano.

—¿Qué pasó?

Él la llevó aparte y se lo explicó.

Su hermana cerró los ojos unos segundos.

—Necesito revisar a los niños.

Lo hizo con cuidado, hablándoles de manera tranquila y sin hacer preguntas que pudieran asustarlos más. Después salió con Alejandro al corredor.

—Hay marcas que no parecen de hoy.

Él apoyó una mano contra la pared.

—¿Cuántas?

—Más de las que me gustaría ver.

Alejandro bajó la cabeza.

—¿Cómo no lo vi?

Mariana se acercó.

—Eso podemos discutir después. Primero tienes que protegerlos.

—¿Tengo que llamar a la policía?

—Sí.

La palabra lo golpeó.

No porque creyera que Adriana merecía protección.

Sino porque todavía existía una parte de él que recordaba la mujer con la que se había casado seis años antes, la que había organizado fiestas de cumpleaños, acompañado a los niños al colegio y llorado la primera vez que Lucía la llamó mamá.

Pero aquella mujer y la que él había encontrado esa tarde parecían personas distintas.

—Hazlo —dijo finalmente.

Antes de que pudiera marcar, escuchó pasos.

Adriana apareció al final del pasillo.

—¿Qué hace Mariana aquí?

Su mirada cayó sobre los niños.

Luego sobre Alejandro.

—¿La llamaste para examinarme como si fuera una criminal?

—No te acerques.

Adriana se quedó quieta.

—¿En serio?

Mariana se colocó discretamente entre ella y la puerta.

—Adriana, esto no es un buen momento.

—No te metas.

Alejandro habló.

—Los niños dicen que esto lleva meses.

La expresión de Adriana cambió apenas.

—Los niños mienten.

Mateo escuchó desde dentro.

Alejandro vio cómo su hijo retrocedía.

—No vuelvas a decir eso delante de ellos.

—¿Ahora vas a creer todo lo que digan?

—Voy a escuchar.

—Claro, porque tú eres el padre perfecto.

Adriana soltó una risa amarga.

—El hombre que llega después de las ocho, compra regalos y piensa que eso es criar.

Alejandro no contestó.

Porque una parte de la acusación era cierta.

Había trabajado demasiado.

Había delegado demasiado.

Había supuesto demasiado.

Pero reconocer sus errores no convertía en aceptable lo que ella había hecho.

—Tienes razón en algo —dijo—. Estuve ausente más de lo que debía.

Adriana pareció sorprendida.

—Pero mi ausencia no te dio derecho a sembrar miedo en esta casa.

La expresión de ella se endureció.

—Estás exagerando.

—Mateo tiene marcas antiguas.

Adriana miró a Mariana.

—Tú no puedes demostrar quién hizo eso.

El silencio cayó sobre el pasillo.

Aquella frase resultó peor que una negación.

Alejandro la observó.

—No dijiste que no lo hiciste.

Adriana abrió la boca.

No salió nada.

Entonces sonó el timbre.

Habían llegado dos agentes de la policía municipal y una trabajadora de protección infantil, avisados por Mariana mientras Alejandro hablaba.

Adriana palideció.

—¿Llamaste a la policía?

Alejandro sostuvo su mirada.

—Sí.

—¿Por una discusión familiar?

—Por nuestros hijos.

—No son tus hijos solamente.

Lucía apareció detrás de Mariana.

—Papá…

Alejandro se giró.

La niña sostenía una vieja tablet.

—Hay videos.

Adriana perdió el color del rostro.

Alejandro miró el dispositivo.

—¿Qué videos?

Mateo apareció detrás de su hermana.

—De la cámara que pusiste para el perro.

Entonces Alejandro recordó.

Meses atrás había instalado una pequeña cámara en la sala para vigilar a Bruno, el cachorro de la familia, durante un periodo en que estaba mordiendo muebles.

La cámara se activaba con movimiento.

Y guardaba copias automáticas.

Adriana dio un paso hacia la tablet.

—Dámela.

Alejandro se movió antes que ella.

La tomó y se apartó.

Por primera vez aquella noche, Adriana pareció verdaderamente asustada.

Parte 3: La cena familiar donde nadie pudo seguir fingiendo

Los agentes se llevaron una copia de los videos esa misma noche.

Alejandro no quiso verlos completos frente a los niños, pero las pocas imágenes que alcanzó a observar fueron suficientes para destruir cualquier duda: gritos, castigos desproporcionados, amenazas para que no contaran nada y largos periodos en que Mateo y Lucía permanecían inmóviles en una esquina mientras Adriana caminaba alrededor de ellos.

Ella abandonó la casa acompañada por su hermano esa madrugada mientras se iniciaba una investigación formal y se establecían restricciones temporales de contacto.

Alejandro creyó que lo peor sería explicar lo sucedido a sus padres.

Se equivocó.

Tres días después, su madre, Ofelia, organizó una comida en la casa familiar de Santiago, Nuevo León, diciendo que necesitaban “resolver esto como adultos antes de que todo el mundo se entere”. Alejandro aceptó únicamente porque no quería que la historia llegara a los niños distorsionada por familiares que todavía no comprendían la gravedad de lo ocurrido.

Ofelia estaba sentada a la cabecera de una mesa larga cuando Alejandro entró.

Su padre, Gustavo, permanecía junto a la ventana.

También estaban dos tías, un primo de Adriana y la propia Adriana, acompañada por su abogado.

Alejandro se detuvo.

—Dijiste que sería una conversación familiar.

Ofelia levantó ambas manos.

—Y lo es.

—Entonces ¿por qué está su abogado aquí?

Adriana respondió.

—Porque tú convertiste un problema doméstico en un caso legal.

Alejandro dejó las llaves sobre la mesa.

—No. Tus decisiones lo convirtieron en eso.

Una tía suspiró.

—Alejandro, nadie está diciendo que Adriana actuó perfectamente, pero destruir un matrimonio por un momento de estrés tampoco ayudará a esos niños.

Él la miró.

—No fue un momento.

Sacó una carpeta.

Adriana cambió de expresión.

Alejandro la abrió.

—Había ciento treinta y siete grabaciones con incidentes en cuatro meses.

Nadie habló.

—En diecinueve de ellas, Mateo intentó proteger a su hermana.

Ofelia bajó la vista.

—En doce, Adriana les dijo que si hablaban conmigo yo los enviaría lejos porque no quería “niños problemáticos”.

Gustavo giró lentamente hacia su nuera.

—¿Dijiste eso?

Adriana apretó los labios.

—Estaban fuera de control.

Alejandro golpeó la carpeta contra la mesa, no con violencia, sino con una firmeza que hizo saltar varias servilletas.

—Tenían siete y nueve años.

La habitación quedó inmóvil.

—No vuelvas a describir el miedo de mis hijos como mala conducta.

El abogado de Adriana intervino.

—Mi clienta no debería discutir hechos específicos en este contexto.

Alejandro asintió.

—Perfecto.

Cerró la carpeta.

—Entonces no discutiremos.

Adriana lo miró con incredulidad.

—¿Qué significa eso?

—Que no vine a negociar tu regreso.

Ofelia levantó la cabeza.

—Alejandro…

—Vine a decirles que solicité el divorcio esta mañana.

La madre abrió los ojos.

—No puedes tomar una decisión así en cuatro días.

—No la tomé en cuatro días.

Miró a Adriana.

—Ella la tomó durante meses.

Adriana se levantó bruscamente.

—¡Yo crié a esos niños mientras tú construías tu imperio!

—Y jamás olvidaré que yo te dejé demasiado sola con esa responsabilidad.

Ella se quedó quieta.

—Pero tampoco confundiré culpa propia con permiso para excusarte.

Gustavo caminó hacia la mesa.

—Alejandro tiene razón.

Ofelia lo miró.

—Gustavo.

—No.

La voz del hombre retumbó.

—Yo también estaba buscando una explicación más cómoda porque aceptar lo ocurrido significaba admitir que no conocíamos a la persona que estaba entrando a nuestra casa todos los domingos.

Adriana empezó a llorar.

—Todos me están tratando como si fuera un monstruo.

Alejandro la observó.

—No necesito llamarte nada.

Su voz se hizo más baja.

—Solamente necesito creerles a mis hijos.

Por primera vez, nadie en aquella mesa intentó contradecirlo.

Parte 4: Lo que Alejandro descubrió cuando dejó de mirar hacia otro lado

Las semanas siguientes fueron dolorosas de una forma distinta.

Mateo comenzó terapia y durante las primeras sesiones casi no hablaba.

Lucía, en cambio, preguntaba constantemente si Adriana podía regresar de repente.

Alejandro instaló una nueva cerradura en la puerta principal.

La primera noche después del cambio, Lucía quiso comprobar tres veces que estuviera cerrada.

Aquello le rompió el corazón.

También reorganizó completamente su trabajo.

Cedió operaciones diarias a dos socios, dejó de aceptar viajes innecesarios y convirtió una habitación de la casa en oficina para pasar más tardes cerca de los niños.

Al principio Mateo parecía desconfiar de aquella nueva disponibilidad.

—¿No tienes una junta?

—La cancelé.

—¿Por nosotros?

Alejandro sonrió.

—Por mí también.

No quería convertir el resto de su vida en una penitencia.

Quería convertirla en presencia.

Durante la investigación surgieron más cosas.

La niñera anterior, Elena, confesó que había renunciado porque Adriana la reprendía cada vez que intervenía durante un castigo.

—Me dijo que usted sabía cómo educaba a los niños —explicó—. Yo pensé que estaban de acuerdo.

Alejandro sintió vergüenza.

—Debí preguntarle por qué se iba.

Elena negó con la cabeza.

—Ella sabía qué decirle a cada persona.

También encontraron mensajes donde Adriana se quejaba con una amiga de que Mateo era “demasiado parecido a Alejandro” y que Lucía sabía “cómo conseguir atención llorando”.

Para ella, cada emoción de los niños se había convertido en un desafío personal.

Alejandro habló con Adriana solamente una vez antes de la audiencia familiar.

Fue en una oficina neutral, acompañados por abogados.

Ella parecía agotada.

—No sé cuándo perdí el control —dijo.

Alejandro permaneció en silencio.

—Empezó con gritos.

Ella se frotó las manos.

—Después sentía que, si cedía, ellos iban a aprender que podían pasar por encima de mí.

—Eran niños.

—Lo sé.

—¿Lo sabías entonces?

Adriana comenzó a llorar.

—No de la manera que debería.

Aquella respuesta fue más honesta de lo que Alejandro esperaba.

—Quiero ayuda.

Él asintió.

—Espero que la busques.

Ella levantó la mirada.

—¿Eso significa que algún día…?

—No.

Adriana cerró los ojos.

—Alejandro.

—Buscar ayuda es algo que debes hacer porque necesitas cambiar, no como una forma de recuperar lo que perdiste.

Ella permaneció inmóvil.

—¿Nunca vas a perdonarme?

Alejandro tardó en responder.

—No sé qué significará perdonar dentro de cinco años.

Miró la mesa.

—Pero hoy mi trabajo no es salvar nuestro matrimonio. Es recuperar la seguridad de mis hijos.

Adriana asintió mientras lloraba en silencio.

Meses después, el tribunal estableció que cualquier contacto futuro con Mateo y Lucía tendría que comenzar solamente después de evaluaciones profesionales, terapia sostenida y condiciones supervisadas.

Alejandro no celebró.

No quería que sus hijos crecieran pensando que la derrota de Adriana era una victoria.

Quería que entendieran algo más sencillo.

Cuando dijeron la verdad, un adulto les creyó.

Y eso cambió todo.

Parte 5: La casa donde volvieron a escucharse risas

Un año después, la mansión ya no parecía la misma.

No porque Alejandro hubiera remodelado nada.

La piedra seguía igual.

Las ventanas seguían mirando hacia las montañas.

El gran comedor todavía tenía demasiadas sillas.

Pero la casa había dejado de sentirse como una exposición.

Mateo volvió a correr por los pasillos.

Lucía empezó a cantar mientras hacía la tarea.

Bruno, ya convertido en un perro enorme, dormía donde se le antojaba y seguía mordiendo algún cojín de vez en cuando.

Alejandro había aprendido algo que ningún éxito empresarial le enseñó.

Los niños no necesitaban una casa perfecta.

Necesitaban saber que podían equivocarse dentro de ella sin tener miedo.

Una tarde de primavera, encontró a Mateo en el jardín ayudando a Lucía a construir una pequeña casa de madera para pájaros.

—Papá —dijo Mateo.

—¿Sí?

—¿Te acuerdas del día que llegaste temprano?

Alejandro se sentó en el pasto.

—Todos los días.

Mateo dejó el martillo.

—Yo pensé que no ibas a creernos.

La frase le dolió.

—¿Por qué?

El niño se encogió de hombros.

—Porque ella decía que ibas a creerle a ella.

Alejandro permaneció callado.

—Y porque siempre estabas trabajando.

Aquello era cierto.

—Lo siento.

Mateo levantó la mirada.

—Ya sé.

No añadió nada más.

Pero se acercó y apoyó la cabeza un instante contra el hombro de su padre.

Lucía apareció sosteniendo una tabla.

—¿Van a ayudar o solamente van a estar sentimentales?

Alejandro soltó una carcajada.

—Qué carácter.

—Lo heredé de ti.

—Eso dice tu abuela.

La vida siguió avanzando.

Adriana continuó en terapia.

Después de casi dieciocho meses, los especialistas recomendaron comenzar encuentros breves y supervisados, siempre que los niños estuvieran de acuerdo.

Alejandro habló primero con ellos.

—No tienen obligación de verla.

Mateo preguntó:

—¿Y si quiero intentarlo?

—Entonces lo intentamos.

Lucía permaneció callada.

—¿Y si yo todavía no quiero?

—Entonces no.

La niña pareció relajarse.

—Tal vez después.

—Cuando tú estés lista.

Ese fue el trato.

Mateo aceptó verla primero.

El encuentro duró cuarenta minutos.

Adriana no pidió perdón de una manera grandiosa.

No intentó abrazarlo.

Solamente dijo:

—Lo que hice estuvo mal y no fue culpa tuya.

Mateo volvió a casa pensativo.

—¿Cómo estuvo? —preguntó Alejandro.

—Raro.

—Eso tiene sentido.

—Creo que está diferente.

Alejandro asintió.

—Puede ser.

—¿Tú la perdonaste?

Alejandro miró hacia el jardín.

—Todavía estoy aprendiendo qué significa eso.

Mateo aceptó la respuesta.

Dos años después de aquella tarde, Alejandro organizó una comida pequeña por el cumpleaños de Lucía.

No hubo fotógrafos.

No hubo mesas elegantes.

No hubo socios de negocios.

Solamente familia cercana, tacos al carbón, música baja y un pastel que se inclinaba ligeramente hacia un lado porque Alejandro había insistido en decorarlo él mismo.

Ofelia se burló.

—Tienes dinero para contratar al mejor pastelero de Monterrey.

—Y aun así decidí humillarme públicamente.

Lucía se rio.

Mateo tomó una fotografía.

Durante un instante, Alejandro observó a sus hijos.

Ambos estaban riendo.

No mirando hacia la puerta.

No vigilando el tono de los adultos.

No encogiéndose cuando alguien levantaba una mano para alcanzar un vaso.

Simplemente riendo.

Entonces comprendió que aquello era lo que realmente había estado intentando construir durante todos aquellos años.

No los pisos de piedra.

No los negocios.

No la casa.

Esto.

Una mesa donde nadie tuviera miedo.

Más tarde, cuando los invitados se fueron, Lucía encontró a su padre apagando las luces del jardín.

—Papá.

—¿Qué pasa?

Ella se acercó.

—¿Todavía te sientes mal por no haberte dado cuenta?

Alejandro se quedó sorprendido.

—A veces.

Lucía lo abrazó.

—Pero sí te diste cuenta.

—Tarde.

—Pero llegaste.

Él cerró los ojos.

Durante mucho tiempo había creído que ser buen padre significaba adelantarse a todos los problemas.

Ahora sabía que también significaba escuchar cuando habías fallado, reconocerlo sin convertir tu culpa en el centro de la historia y hacer algo diferente después.

—Gracias por contarme la verdad aquel día —dijo.

Lucía sonrió.

—Gracias por creerme.

Alejandro la abrazó con fuerza.

A través de las ventanas, Mateo gritó desde la cocina que Bruno estaba intentando robar otro pedazo de pastel.

Lucía salió corriendo.

Alejandro la siguió.

La casa volvió a llenarse de ruido.

Pero esta vez no era un grito pidiendo ayuda.

Era el sonido de dos niños que finalmente habían aprendido que podían hacer ruido dentro de su propia casa sin que nadie los castigara por existir.

Y para Alejandro, después de todo lo ocurrido, no había sonido más valioso que aquel.

Fin. Esta historia es completamente ficticia y fue creada únicamente con fines de entretenimiento. Todos los personajes, nombres, lugares, acontecimientos y situaciones descritos en esta historia son imaginarios. Cualquier parecido con personas, organizaciones, lugares o acontecimientos reales es pura coincidencia.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

You Might Also Enjoy